Cuando hay dos gallos en el mismo corral suele pasar que se llevan muy mal. Pasa en Podemos, pasa con los hermanos Gallagher y por supuesto ocurrió en los comienzos del cristianismo entre San Pedro y San Pablo, que aunque celebren su santo el mismo día (el 29 de junio, Día de San Pedro y San Pablo), tuvieron sus buenas broncas como refleja la Biblia.

¿Y por qué discutían? Pues básicamente por cómo llevar el negocio. ¿Qué negocio? ¡El cristianismo, hombre! San Pedro, un humilde pescador y analfabeto (aunque la Biblia recoja alguna carta suya no la escribió él) era partidario de seguir con las costumbres judías, mientras que San Pablo, judío pero también ciudadano romano y hombre de mundo, tenía una visión más comercial (por cierto, algunas de las cartas de San Pablo que recoge la Biblia tampoco son suyas).

San Pablo había fundado una comunidad de cristianos en Antioquía (de hecho la primera vez que se utilizó la palabra "cristiano" fue allí) , que acogía a todo el mundo (gentiles incluidos) y que no exigía seguir los ritos judíos. San Pablo debió pensar que si quería extender el negocio por el Mediterráneo y se presentaba puerta por puerta con un cuchillo en la mano exigiendo la circuncisión no ganaría muchos adeptos, y tenía razón. Además lo de prohibir comer algunos alimentos que estaban riquísimos tampoco lo veía muy sensato.

Pedro era de la opinión contraria, pero San Pablo, que tenía un pico de oro, le convenció (suponemos que le puso un buen plato de jamón, algo infalible, o quizás unos ricos langostinos), y juntos lograron que en el Concilio de Jerusalén triunfasen las tesis de Pablo.

Todo iba de lujo, Pedro visitó la moderna comunidad de Antioquía y se sumó a su estilo de vida, pero en estas llegaron unos judíos de Jerusalén partidarios de la vieja usanza y ¡convencieron de nuevo a Pedro para que volviese a las costumbres judías! ¡Madre mía, y a ese tipo tan voluble elegí como base de mi Iglesia! No solo me negó tres veces cuando me detuvieron, sino que ahora cambiaba de opinión a la primera de cambio.

Pablo se pilló un cabreo de mil demonios, le llamó "hipócrita", le echó la bronca como cuenta en su Segunda Carta a los Gálatas y Pedro cambió de nuevo de idea y volvió a hacerse lo que Pablo mandaba.

Pablito era la leche, no me había visto en su vida (aunque él se inventó que me había aparecido en el camino de Damasco), ¡pero era capaz de dar órdenes al mismísimo San Pedro!