Seré Dios, pero soy el único desgraciado al que los Reyes Magos le traen todos los años lo mismo. El oro no está mal, pero el incienso y la mirra…a estos les deben hacer descuento en la tienda de productos naturales, porque otra explicación no tengo.

Bueno, sí. Hablemos de la mirra. Mirra, no birra, que ya me sé el chiste. La mirra es una sustancia resinosa aromática que se obtiene haciendo una incisión en el árbol Commiphora Myrrha. Era muy valorada en la antigüedad, y se utilizaba para elaborar perfumes, incienso ( ¡mierda, más incienso!), ungüentos, medicinas y para diluir tinta en los papyros. Vamos, que la mirra es como tu cuñado, sirve para todo, o eso dice él.

Pero la mirra tiene dos utilidades más.

La primera y más importante: ¡sirve para embalsamar a los muertos! Y por eso me la trajeron los Reyes Magos ( concretamente Baltasar, al que la tradición endosó el regalito) , para simbolizar que cuando fuese adulto moriría para salvaros a todos sacrificado en la cruz.

Y la segunda: Dice el Evangelio de Marcos que en la cruz “intentaron darle vino con mirra, pero él no lo tomó”. ¡La mirra era usada en el Imperio romano como anestésico para los moribundos y condenados a muerte! Pues me habría venido bien tomar un poco, la verdad.

La mirra también tiene una curiosa historia en la mitología griega. Allí, Mirra, también conocida como Esmirna, fue una moza que se enamoró de su padre Cíniras y engañándole, se acostó con él ( ¡qué curioso, una historia muy parecida a la de Lot y sus hijas, las cuales se lo beneficiaron tras emborracharle, y siempre echando la culpa a la mujer!).

Cuando Cíniras descubrió la identidad de su amante, la persiguió con una espada para matarla. La joven pidió ayuda a los dioses, que se apiadaron de ella y le salvaron la vida transformándola en un árbol de mirra, apariencia bajo la cual dio a luz a un hijo, nada menos que el mismísimo Adonis. Y dicen que la sustancia aromática que sale de esos árboles es la de las lágrimas de Mirra.