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No existe el infierno: esto es lo que dice realmente la Biblia sobre él

No existe el infierno: esto es lo que dice realmente la Biblia sobre él

Descenso a los infiernos, Bosco

Wikipedia Descenso a los infiernos, Bosco

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Esta semana he oído que en Santander, 40.000 personas acudieron voluntariamente, incluso pagando, a un concierto de Enrique Iglesias. ¡Y no solo eso!  No teniendo suficiente con que el hijo de Julio Iglesias (éste oficial, no como todos vosotros) perpetrara diez de sus conocidos éxitos, levantaron las manos y gritaron que habían sido atracados porque ¡reclamaban todavía más castigo! Todo esto me ha vuelto a hacer pensar en la idea del infierno. Como es un tema que lleva Satán, yo en esto, como vosotros, tengo mucho lío. A mis Papas les pasa lo mismo. La Biblia no describe ningún infierno, y todas las referencias a él están cogidas por los pelos. Si uno lee mi libro sagrado ( yo lo dejo caer, por si os animáis), llega a la conclusión de que enseña que tras la muerte los buenos van con Dios, o sea, un servidor, y los malos se quedan muertos y bien muertos. Hasta el siglo III mi iglesia, o iglesias, porque al principio había varias, pensaba así, y fue con Orígenes, uno de los Padres de la Iglesia, y sobre todo más tarde con el pelma de San Agustín cuando mis encargados se dieron cuenta de que lo de asustar a la gente con el infierno era un chollazo que no podían dejar escapar. Sin embargo, a los últimos Papas les ha dado por meterse a teólogos y volvieron los líos: el Papa Juan Pablo II, que no tuvo suficiente con cargarse un día el Limbo de un plumazo, empezó a decir que el infierno no era un lugar físico. Su sucesor, Benedicto XVI, le corrigió la plana y digo que sí lo era ( le faltó añadir que tenía nueve círculos, como el de Dante), pero yo a ese tipo no le hago caso, que me dejó colgado y se retiró a vivir como Dios. El Papa Francisco, como es tan bueno, ha negado que las penas del infierno sean “para siempre”, porque afirma que yo soy muy bueno y al final os acabo perdonando. Se nota que no se ha leído muy bien el Antiguo Testamento. Y yo, Dios, ¿qué es lo que digo? ¿Existe el infierno? ¿Es un lugar físico? ¿Es para siempre? Os revelaré la verdad. La respuesta ya la dio Sartre, que para compensar lo feo que le hice desarrolló bastante el cerebro: “El infierno son los otros”. El infierno es ese compañero de trabajo tóxico que siempre está tocando las narices. El infierno es Twitter cuando alguien osa salirse de la senda borreguil de lo políticamente correcto. El infierno es la canción del verano, ver a tu ex de la mano con otro o con otra, el examen sorpresa, los políticos, la caldera rota del agua caliente en invierno y los restaurantes sin aire acondicionado en verano. El infierno es el peinado de Donald Trump, la programación de Telecinco y los centros comerciales. El infierno es la comida inglesa y ese niño que no para de joder con la pelota. El infierno es un despertador el lunes, y también unas vacaciones con tu suegra. El infierno son los vecinos, el perro de la casa de enfrente y la página en blanco. El infierno es este artículo.

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