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Napoleón, el secuestrador de Papas

La historia de Napoleón con el Vaticano y la Iglesia Católica.

Oleg Sokolov participa en una recreación histórica disfrazado de Napoleón

Getty Images Oleg Sokolov participa en una recreación histórica disfrazado de Napoleón

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Si tenéis suerte y subís al Cielo ( espero que pase mucho tiempo desde la lectura de estas líneas), comprobaréis que Napoleón no anda por aquí. Un día dijo: "En Egipto soy musulmán y en Paris cristiano". Era un tipo bastante descreído que iba a su bola.

A ver, tengo que agradecerle que una de las primeras cosas que hizo fue restablecer relaciones con la Iglesia Católica. Después de que Robespierre instaurara en la mismísima Notre Dame el culto a "la diosa razón", Napoleón la devolvió al culto cristiano, volvieron las misas y demás e incluso firmó un Concordato con la Santa Sede. La Revolución Francesa había intentado acabar con el poder del clero pero Napoléon se dio cuenta de que a la mayoría del pueblo esto de la religión le gustaba y no era plan de complicarse la vida a lo tonto.

Pero si el famosísimo general francés ha pasado a la historia por algo es porque le gustaba mandar, justo lo mismo que a mi Iglesia. En 1798 invadió Roma y se llevó secuestrado al Papa Pío VI a Francia. El pobre Pío VI era ya un anciano y murió al año siguiente. El prefecto de la localidad de Valence-sur- Rhòne, lugar del óbito, inscribió en el registro de defunciones: "Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice". Muchos periódicos de Europa sentenciaron al papado llamándole "Pío VI y último", jajaja, no sabían que mi chiringuito lleva ya dos mil años y los que le quedan.

Por supuesto, Pío VI no fue el último Papa, y al siguiente, Pío VII, Napoleón también lo acabó secuestrando. Ya se veía que la relación entre ambos era un poco tensa cuando en la ceremonia de coronación fue el propio Napoleón el que tomó la corona en sus manos e, ignorando al Papa, que era el encargado, se autocoronó él mismo.

Las cosas, como digo, estaban un poco tirantes y Napoleón acabó invadiendo los Estados Pontificios. Es que a Napoleón invadir le gustaba mucho, si no llega a ser por el invierno hoy los rusos hablarían francés. El Papa Pío VII no se arredró y promulgó una bula en la que, sin mencionar expresamente a Napoleón, excomulgaba a "los ladrones del patrimonio de San Pedro". Esto es como cuando te mencionan en Twitter pero sin poner tu nombre de usuario. Napoleón se dio lógicamente por aludido y en julio de 1809 envió un ejército al palacio del Quirinal, donde Pío VII estaba refugiado junto a su guardia suiza y algunos soldados y sirvientes más. El general Radet, que dirigía la fuerza invasora, esperó a que el Papa estuviese dormido y, guiado por un antiguo criado despedido que no había quedado muy contento con el finiquito, se presentó en los aposentos del Papa y le exigió su renuncia a los Estados Pontificios y la anulación de la bula de excomunión.

Fue entonces cuando Pío VII, que tenía mucho rollito, contestó con una frase que ha pasado a la historia: "Non possiamo, non dobbiamo, non vogliamo", es decir, "No podemos, no debemos, no queremos", frase muy útil por ejemplo si alguien te ofrece invertir en bitcoins o si tu ex te propone volver.

Lo de hablar con el "nos" o "plural mayestático" es un truquillo que utilizaban los Papas para impresionar, pero con el general Radet no debió causar mucho efecto porque cogió al pontífice y se lo trajo secuestrado a Francia, donde estuvo cinco años preso, en jaula de oro, eso sí, que para eso era Papa y menudas habitaciones que disfrutaba el majo. Y claro, tan bien le trataban que, además de hacerse amigo del carcelero, no cedía a las exigencias de Napoleón, que ahora le pedía entre otras cosas que reconociera su divorcio con Josefina, a lo que el pontífice se negó, porque en la Iglesia no somos partidarios de semejantes modernidades.

Y una cosa hizo muy bien Pío VII la noche que le secuestraron, que fue destruir el anillo, como Frodo, pero en este caso "el anillo del pescador", para que ningún usurpador pudiera utilizarlo en su lugar.

Aunque le trataran como a un príncipe (de la Iglesia) durante sus años de secuestro, Pío VII también pasó por momentos difíciles, cayendo gravemente enfermo y llegando a recibir incluso la extrema unción en uno de sus traslados. El bueno de Pío sobrevivió, pero ya con la moral algo tocada, accedió por fin a las exigencias del pesado de Napoleón y le firmó en 1813 el Concordato, aunque se retractaría poco después. Igual que Napoleón, que le puso en libertad pero también se retractó y le volvió a encerrar.

Y así estuvieron, dándole cuerda a esa preciosa relación, hasta que finalmente en 1814 los austríacos le liberaron y, como hay justicia divina, Napoleón acabó teniendo que abdicar como todos sabemos y el Papa Pío VII regresó triunfal a Roma, donde fue recibido como un héroe y defensor de la fe. Hoy está en proceso de canonización, en una causa abierta en 2007 por Benedicto XVI, alias "el dimisonario", y de momento ya goza del título de "Siervo de Dios", que otorga entrada VIP y dos copas gratis en el paraíso. A Napoleón en cambio, aunque hay quien dice que volvió sus ojos al cristianismo durante su exilio en Santa Elena, le tengo castigado por secuestrar a mis empleados.

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