Os veo de nuevo muy preocupados con el clima. Os habéis dado cuenta de que solo os hice un planeta para vivir y que os lo estáis cargando. ¡Menudo mes de octubre, con temperaturas de más de 30 grados! Esta Navidad Papá Noel va a venir en bermudas. Y no cae ni una gota, los pantanos se están quedando sin agua y no parece que vaya a llover.

Os contaré algo que pasó en México en 1833 y que dio resultado. Ese bendito país se encuentra en una zona tropical, en medio de las corrientes frías del Pacífico y el cálido mar del Caribe, por lo que tan pronto se ve asolado por huracanes como que atraviesa sequías terribles.

Esto último es lo que pasaba en aquel año de Nuestro Señor, o sea, yo, en el estado de Chiapas. Había allí un pequeño y pobre pueblo llamado "Las Castañas" ( del que apenas quedan unas pocas casas) que desde hacía dos años llevaba padeciendo una tremenda sequía aderezada además con plaga de langostas ( cuando me pongo, hago las cosas a conciencia).

Las gentes del pueblo eran muy devotas y no se cansaban de rezar y sacar en procesión a todos los santos, vírgenes y cristos del lugar rogando por la lluvia, ya que casi todos vivían del campo y se iban a morir de hambre, pero yo no hacía ni caso.

Hasta que el alcalde se cabreó. Ni corto ni perezoso se puso chulito y publicó un bando en el diario local con el siguiente contenido:

Art.1. Si en ocho días desde la fecha no llueve abundantemente, nadie irá a misa ni rezará.

Art.2. Si la sequía dura ocho días más, serán quemadas las iglesias, conventos y capillas.

Arti.3. Si tampoco llueve en otros ocho días, serán degollados los clérigos, frailes, monjas, beatas y santurrones.

Y añadió:

"Y por el presente se conceden facultades para cometer toda clase de pecados, para que el Supremo Hacedor entienda con quién tiene que vérselas".

¡Ahí es nada! ¿Qué hice yo? Cualquiera que haya leído el Antiguo Testamento sabe cómo las gasto: lancé una tras otras varias inundaciones que acabaron con la vida de 100 de los 500 habitantes de la población. ¡Soy adorable!