Estamos ya en agosto y los políticos españoles no se ponen de acuerdo a la hora de formar Gobierno. Si Dios no lo remedia iréis a elecciones otra vez. Así que voy a remediarlo. Se me ha ocurrido una idea genial, en lugar de hacer una sesión de investidura deberíais celebrar un cónclave.

La palabra cónclave viene del latín ?cum clavis?, bajo llave, y eso es lo que hay que hacer con los diputados: encerrarlos bajo llave en el congreso hasta que se pongan de acuerdo. Y de menú, como en Viterbo, en el siglo XIII, cuando los habitantes de esa ciudad decidieron restringir la dieta de los cardenales electores a pan y agua, lo que aceleró y de qué manera la resolución final.

Otra ventaja de los cónclaves es que los electores permanecen totalmente aislados, sin televisión ni móvil, con lo que nos ahorramos que lean tuits plagiados en la tribuna del congreso como si fuesen ocurrencias suyas o que publiquen los suyos propios, que no contribuyen nada al entendimiento y sí a la bronca perpetua.

El cónclave de 2013 fue el más numeroso, con 115 electores. Menos que nuestros 350 diputados, pero mucha gente si lo comparamos con otros como el de 1265, donde solo había 7. Yo le dejaba en tres o cuatro, la verdad.

Lo de la fumata no es necesario, que luego pasan cosas raras como cuando un tal Pedro Juliao decidió saltarse un número y llamarse Juan XXI, en lugar de Juan XX, que es el que tocaba y que se quedó sin existir.

Otra ventaja del cónclave es que viene el Espíritu Santo a iluminar al personal. A veces le da por inspirar la elección de gente joven, como Benedicto IX, que accedió al papado cuando tenía entre 12 y 16 años, 20 según otras fuentes, y otras veces por gente más talludita, como Pablo IV, con 80.

Otra ventaja de los cónclaves es que el techo es mucho más bonito: cuando alzas la vista arriba, en lugar de encontrarte los disparos de Tejero en el Congreso contemplas los frescos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina.

Pensad bien mi propuesta, que todo son ventajas.