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Dios no trabajó el séptimo día ¿Qué hizo realmente?

Dios no trabajó el séptimo día ¿Qué hizo realmente?

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Dice la Biblia que hice el mundo en seis días y al séptimo descansé. Bien, esa es la versión oficial, pero como os recuerdo siempre, sobre la Biblia solo diré cuatro palabras: no es mi letra. Y si os vais a otros libros pasa lo mismo: el Corán en una parte dice que creé el mundo en seis días y en otra afirma que fueron ocho. Os voy a contar lo que pasó realmente. El séptimo día no descansé, yo soy como el diablo, que no descansa nunca. ¿Acaso puede cansarse un dios? De hecho, y esto lo cuento aquí en exclusiva para mis lectores de Liopardo, el séptimo día fue el que más trabajé. ¿Qué es lo que hice? Pues varias cosas. En primer lugar, me cargué los dinosaurios. Hay quien dice que los dinosaurios se extinguieron porque no cabían en el Arca de Noé. ¡Mentira, me los cargué mucho antes! Acaba de crear también al hombre y esos enormes reptiles suponían un peligro para vosotros. No iba a estar yo ahí gastando barro a lo tonto para que viniera un tyrannosaurus rex cualquiera y acabase con mi obra de un bocado. Además no sabían rezar. Así que saqué una pelotilla de la nariz y la lancé contra la Tierra en forma de meteorito. ¡Adiós a los dinosaurios! Otra cosa que hice fue ajustar el tema de la luz. Mucha gente se pregunta cómo es posible que hubiese luz ya el primer día (“¡Hágase la luz!”) ¡si no hice el sol hasta el cuarto!, que es quien provee de luz a la Tierra. Es más, ¿cómo hacían la fotosíntesis los árboles que creé al tercer día si no existía el astro rey? Por cierto, dice la Biblia que creé dos lumbreras, la “lumbrera mayor”, el sol, “para que presidiese el día”, y la “lumbrera menor”, la luna, “para que presidera la noche”. Un pequeño fallo, porque una lumbrera es un objeto que tiene luz propia, lo que no es el caso de la luna, que solamente refleja la del sol. Con tanto lío lumínico a veces me daba calambre, así que tuve que dedicar el séptimo día también a hacer labores de electricista y dejar todo en orden. Fue tanto trabajo que decidí crear la factura de la luz, que desde entonces no ha parado de subir. El séptimo día hice más cosas, como la casa de Bertín Osborne, la tortilla de patata sin cebolla, el desfile del 12 de Octubre o la foto del negro del wasap. Al ver mi obra terminada, me hice un selfie con toda la creación al fondo, pero cuando fui a mirar la foto vi que yo no salía. Fue la primera vez que me di cuenta de que yo no existía. ¡Menudo disgusto! Coloqué el universo como fondo de pantalla de mi móvil y me fui a comentar las obras con Satán. Aunque se supone que somos enemigos, el diablo tiene muy buena conversación y siempre pone algo de luz a cada uno de los temas. Por algo se llama Lucifer, es decir, “portador de luz”. Además más sabe el diablo por viejo que por diablo. Lucifer me doró la píldora al principio ( no en vano es un ángel, seres aduladores que se dedican todo el día a hacerme la pelota cantando mis alabanzas), pero al final salió el demonio que llevaba dentro y me dijo que la Tierra tenía malos acabados, que me había quedado achatada por los polos. ¡Siempre criticando! Enfurecido, preso de mi famosa “ira de Dios”, le contesté que se la regalaba, a ver si le salía a él mejor, y ¡hasta hoy!

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