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El Culto al Ser Supremo, cuando a Robespierre se le fue la olla y creó una religión

La increíble historia de como Robespierre inventó su propia religión en mitad de la Revolución Francesa.

La Libertad guiando al pueblo de Delacroix

Pixabay / WikiImages La Libertad guiando al pueblo de Delacroix

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"Si Dios no existiese, habría que inventarlo", dijo Voltaire. Pues bien, eso es lo que hizo la persona más poderosa durante la Revolución Francesa, Maximilien Robespierre, a quien no le gustaba que tras la caída de la monarquía y la Iglesia el ateísmo campase a sus anchas. Que una cosa es no creer en los curas y otra que esto sea un sindios, pensaba.

En 1793 una pandilla de ateos encabezada por el periodista radical Jacques Hébert había fundado con gran éxito el llamado "Culto a la Razón", una religión atea que celebraba la libertad, el racionalismo, la ciencia y los valores de la ilustración.

A Robespierre esto no le parecía bien. El creía en Dios ( a su manera) y pensaba que el pueblo debía tener uno. Así que inventó su propia religión: el Culto al Ser Supremo, ¡y la estableció por decreto!, el "El Decreto sobre el Ser Supremo", aprobado por la Convención en 1794.

"1. El pueblo francés reconoce la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma.

2. Reconocen que la adoración digna del Ser Supremo es la práctica de los deberes del hombre..."

Esta religión era un poco aburridilla: no había ningún tipo que caminase sobre el mar o convirtiese el agua mineral en vino. Tampoco resurrecciones espectaculares ni fantásticas historias con manzanas y serpientes. Se trataba de un simple "Ser Supremo" que había creado el mundo según las leyes naturales al que había que adorar y ya. Pero bueno, había que montarle sus festividades y demás, que al fin y al cabo al pueblo lo que más le gusta de la religión son los días de vacaciones.

Robespierre se adelantó a Chiquito de la Calzada y declaró que el 20 de la Pradera Año II ( la Revolución Francesa había cambiado el calendario y puesto nombres muy cachondos a los meses y días), es decir, el 8 de junio de 1794, sería el primer día de celebración nacional del Ser Supremo.

Para ello montaron un Festival chulísimo en París. Le encargaron la organización al pintor de cámara de la Revolución, Jacques-Louis David ( el autor de la Muerte de Marat o La Coronación de Napoleón, entre otros cuadros famosísimos). Montaron un show en el Champ de Mars que hizo historia, con una montaña artificial llena de flores e iluminada con luces y espejos y Robespierre apareciendo con un gran abrigo azul y unos pantalones dorados en plan Lady Gaga conduciendo a los diputados a la cima.

¡Aquello ya fue demasiado! "Mira el cabrón, no le basta con estar al mando, tiene que ser Dios", exclamó Jacques-Alexis Thuriot, un anciano político revolucionario.

A los parisinos en cambio el espectáculo les gustó, y muchos pensaron que tal vez ahora acabaría la oleada de ejecuciones en la guillotina, en lo que se conoció como "El Terror".

Pues no, Robespierre, que empezó siendo un acérrimo defensor de la libertad y opositor a la pena de muerte, ahora se había convertido en un endiosado tirano que veía contrarrevolucionarios por todas partes y ejecutaba que daba gusto. Comenzó la siguiente época, aún peor: "El Gran Terror". A Hébert y resto de defensores del Culto a la Razón los ejecutó los primeros, por supuesto. Si fundas una religión tienes que acabar con la competencia, es de primero de religión.

Y claro, tanto funcionaba la guillotina, que al final le tocó probarla al mismísimo Robespierre, cuya loca cabecita fue separada del tronco el 28 de julio de ese mismo año. Con él desapareció el culto que había inventado. Luego llegaría Napoleón y, aunque era ateo, restauró el catolicismo porque, como él decía:

"La religión es lo que evita que los pobres asesinen a los ricos."

Y mejor que la copia, siempre el original.

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