Querido Willy, hijo mío, te escribo estas líneas por todo el lío que has montado con eso de cagarte en mí. Quiero que sepas que no te guardo rencor, yo soy aquel que dijo que había que perdonar a tus enemigos y poner siempre la otra mejilla. Lo sé, así no es de extrañar que acabara crucificado.

Mi club de seguidores no es tan comprensivo y te han llevado a juicio. No te preocupes, a mí en su día también me juzgaron por lo mismo. Para que lo tuyo acabe mejor, si quieres voy y le digo al juez que yo también me cago en ti y así estamos empatados y que te absuelva.

Sé que con tus palabras no querías ofender a nadie, simplemente abogabas por la libertad de expresión y esas zarandajas, pero hijo mío, ¿te crees que todavía estás en los locos años 80, cuando se podía decir lo primero que a uno se le pasaba por la cabeza? Parece mentira que no sepas que vivimos en la era de los ofendiditos. Y en eso la gente religiosa llevamos miles de años de ventaja al resto.

Es más, yo a ti no te he dicho nunca nada por tu interpretación musical de "Salta” en la peli de “El otro lado de la cama". ¡Y eso sí que tenía delito!

Lo sé, la blasfemia mola. "Todas las grandes verdades comienzan por ser blasfemias", dijo el Premio Nobel George Bernard Shaw.

Y nunca se sabe dónde está el límite: "Es triste entre nosotros que lo que es blasfemia en Roma, en Nuestra Señora de Loreto y en el recinto de los canónigos de San Genaro, sea piedad en Londres, Amsterdam, en Estocolmo, en Berlín y en Copenhague. Y es más triste todavía que en el mismo país, en la misma ciudad y en la misma calle, unos a otros se tengan recíprocamente por blasfemos". Esta frase la dijo Voltaire, y demuestra que era muy sabio y que se había hecho el interrail de la época.

Amigo Willy, en el fondo llevas razón: la blasfemia debería ser un pecado, pero no un delito. En España viene regulado en el artículo 525 del Código Penal de 1995, todo ello acabado en cinco, que rima con... ya sabes. Como broma, ya está bien.

Termino esta Carta que me está quedando bastante bien porque no se la he encargado a San Pablo, y te mando recuerdos de Javier Krahe, que está aquí conmigo cocinando un Cristo en el microondas. ¡Es irreductible, pero lo tengo aquí arriba porque me encanta!

Saludos y cágate en mí todo lo que quieras pero por favor no vuelvas a hacer ningún musical. Paz.