A lo largo de la historia, las lesbianas han sido como yo, invisibles. Tanto la homosexualidad masculina como la femenina han estado siempre perseguidas, pero en el caso de las mujeres, era tal el tabú que la sociedad simplemente hacía como que no existía.

El caso de Benedetta es una de esas excepciones en las que el amor entre dos mujeres salió a la luz, aunque desgraciadamente, no tuvo un final feliz.

Benedetta Carlini (1591-1661) fue una gran mujer que vivió en una época y en un lugar equivocados. Inteligente, locuaz, su gran capacidad hizo que fuese nombrada abadesa de un convento en la Toscana, antes de los treinta años. Como era muy completa, también tenía visiones donde los hombres siempre querían matarla.

Benedetta vivía feliz allí en la Toscana. Por el día rezaba y por la noche visitaba la celda de su querida hermana Bartolomea, donde la abadesa se transformaba en un ángel y la poseía de mil eróticas maneras. Después Benedetta le hacía jurar que no lo habrían de confesar, hacía la señal de la cruz y pecadillo perdonado.

Así estuvieron dos años hasta que se enteró la curia. La interrogaron y la letra del escribano, hasta ese momento tan perfecta, se tornó casi ilegible y llena de tachaduras. El hombre se puso nervioso al escuchar lo siguiente:

"Durante dos años, dos o tres veces por semana, tras desnudarme y acostarme, obligaba a mi compañera a que se desnudara y se metiera en la cama también, besándola como un hombre y agitándome sobre ella hasta que ambas nos corrompíamos, lo que a veces duraba una hora y otras, dos horas o más. Estas cosas las hacíamos especialmente por la mañana, al amanecer. Pretextando que necesitaba algo, la llamaba y tomándola por la fuerza pecaba con ella como he dicho antes. Para obtener mayor placer ponía mi cara entre sus pechos y los besaba, queriendo estar siempre así, sobre ella. En varias ocasiones en que Bartolomea no quiso acostarse conmigo para evitar el pecado, fui a buscarla a su cama y subiéndome encima de ella pequé igualmente a la fuerza. En otros momentos, pretendiendo estar enferma y necesitar algo, le asía con fuerza su mano y metiendo su dedo en mis genitales me excitaba tanto que me corrompía. Y besándola y poniendo mi mano en los suyos hacía que se corrompiera ella. Cuando hacía esto parecía estar en trance. Como si fuera mi ángel, adolescente de pocos años, el que hiciera aquellas cosas. El ángel llamaba a Bartolomea su amada y le hacía prometer que jamás confesaría lo que hacían juntas, asegurándole que no había pecado alguno en ello...

Entrégame tu corazón y déjame actuar como deseo -le decía. De aquella manera el ángel lograba su propósito y ambas nos corrompíamos sin que ni una ni otra llevásemos a cabo los ejercicios espirituales que las mojas suelen hacer antes de la confesión general. Tras los actos deshonestos, hacía la señal de la cruz sobre su cuerpo y sobre el mío propio y todo quedaba perdonado."

Total, que a la pobre Benedetta no sólo la cesaron como abadesa, sino que le encerraron en su celda durante 35 añazos, permitiéndole salir únicamente para ir a misa o ser azotada. ¡Casi mejor ser invisible!