Todos tenemos alguien al que odiamos profundamente. En mi caso muchos pensaréis que a quien más odio es al diablo, pero estáis muy equivocados. Con el diablo no tengo ningún problema: nos repartimos los papeles. Él tiene su negociado y yo el mío, ambos nos complementamos y para que uno exista es necesario que exista también el otro. ¿ Cómo iba yo a conseguir seguidores si no puedo amenazar con las penas del infierno?

No, mi problema no es el diablo, que al fin y al cabo es alguien de mi misma religión, sino los demás dioses, mi competencia. Si habéis leído la Biblia, no hay nada que odie más que adoréis a otros dioses. Y entre esos otros dioses, el principal y que más quebraderos de cabeza me daba era un tal Baal. En cuanto me daba la vuelta, ya estaba mi Pueblo Elegido adorándole.

Si mi nombre significa "Yo soy", el de Baal tampoco era mucho más original. Significa "El". Le consideraban el dios de la lluvia, el trueno, y la fertilidad, y decían que era un dios bondadoso. Se le representaba como un toro, como al maldito becerro de oro que sale en el libro del Exodo. A veces le ponían alas, como a mis ángeles, y otras no.

En Canaán no solía llover desde septiembre hasta abril. Los cananeos, al igual que los griegos con el mito de Perséfone, achacaban los cambios de estación a los conflictos entre los dioses. Si no llovía, era que triunfaba el dios Mot (dios de la muerte y la aridez) sobre Baal, que se veía obligado a retirarse a las profundidades de la tierra, Pero Mot tenía una hermana muy poderosa, la diosa Anat, y cuando ésta le vencía posibilitaba la vuelta de Baal y el comienzo de la época lluviosa.

Entonces la unión de Baal y Astarté posibilitaba la fertilidad. A mí esta religión tan feminista en la que una hermana era más poderosa que su hermano, y además el otro dios necesitaba de una diosa no me convencía nada.

Para colmo, en los santuarios de Baal se realizaban ceremonias de fertilidad consistentes en orgías. ¡Una misa debe ser aburrida o no ser!

Por cierto, a Baal también se le llamaba Eloáh, uno de los nombres que yo recibía en el Antiguo Testamento. Y a ver cómo os quedáis con esto: la homóloga romana de la diosa Astarté era Venus, y cuando en el siglo IV los cristianos buscaron en Jerusalén el lugar exacto de mi sepulcro, ¿sabéis dónde lo encontraron? ¡Justo en el mismo lugar del Templo de Venus! ¡Qué casualidad! Tuvieron que destruirlo, claro, y edificar sobre él la Iglesia del Santo Sepulcro, uno de los centros más sagrados y visitados por mis fieles.