Hoy 13 de mayo se conmemoran 103 años de la aparición de mi madre a tres inocentes pastorcillos en Cova de Iría, Portugal. Mi madre es muy de aparecerse a niños, analfabetos y gentes humildes, y siempre en lugares apartados; no la verás presentarse en Oxford en medio de catedráticos o en la NASA rodeada de científicos. Es más, como es tan tímida, desde que cada persona lleva una cámara de vídeo en la mano en forma de teléfono móvil ha reducido mucho sus apariciones. La verdad, si la Virgen quisiera aparecerse, se habría hecho Youtuber.

Hace ya mucho tiempo que se demostró que las apariciones de Fátima, como todas, son un fraude, pero la bola ( y el negocio) se ha hecho tan grandes que esto ya no lo para ni Dios.

Corría el año 1917, eran los tiempos de la República en Portugal y la Iglesia lusa veía enormemente reducidos sus privilegios y su poder. El Gobierno amenazaba con nacionalizar sus posesiones y lo que es peor, la gente estaba dejando de creer. Había que hacer algo.

Fue así como de pronto aparecen en escena tres pastorcillos, Lucía, de diez años, y sus primos Jacinta y Francisco, de seis y nueve, que dicen que han visto a mi madre y les ha contado unos secretillos. Aunque al parecer mi madre andaba un poco despistada.

Les contó que la Primera Guerra Mundial, que se estaba desarrollando entonces, acabaría el 13 de octubre de ese año, cosa que no fue así, ya que no finalizó hasta el año siguiente.

También les dijo que si la gente no rezaba tendría lugar otra guerra mayor durante el papado de Pio XI. Y sí, adivinó la II Guerra Mundial (quizás ayudó que esa predicción se hizo pública en 1941, cuando ya había empezado), pero no calculó bien, ya que el bueno de Pío XI llevaba criando malvas desde varios meses antes de que ésta comenzara.

También les dijo que había que pedir mucho por la conversión de Rusia, estaba más preocupada con esto que Ronald Reagan en plena Guerra Fría.

De todos los secretillos, el más decepcionante fue el llamado Tercer Misterio de Fátima. Todo el mundo esperaba que anunciase el Apocalipsis o los números de la bonoloto, pero al final no era más que una visión de un "obispo vestido de blanco" al que unos soldados asesinan a balazos y flechazos. Esto se interpretó bien como un capítulo de Juego de Tronos mezclado con Narcos o más certeramente como una profecía del intento de asesinato que sufrió Juan Pablo II, pero claro, al hacerse pública también a posteriori, dicha profecía no levantó demasiado entusiasmo. La gracia de las profecías es adivinar el futuro, no el pasado.

La historia es hasta divertida, si no fuera por las fechorías que les hicieron a los pobres niños que, manipulados y dirigidos por el director de la trama, el canónigo Nunes Formigao, fueron obligados a mortificarse, atándose cuerdas al cuerpo como flagelo o pasando días enteros de verano sin beber agua. Para colmo llegó la gripe de 1918, "el coronavirus de la época", y debilitados, los pobres Francisco y Jacinta subieron al cielo antes de tiempo.

Lucía vivió muchos años, pero no era muy de fiar: los detalles de sus visiones del Infierno coinciden con los expuestos en un libro muy difundido en Portugal en el siglo XIX, el "Misión Abreviada", ¡libro rechazado por el Vaticano y cuyos detalles fueron denunciados por varios Papas!

Y de la famosa multitud que vio "bailar el sol" después de mirarlo fijamente durante varios minutos ( pobres retinas), mejor hablamos otro día. El redactor ex seminarista que publicó aquella historia todavía debe estar hoy en el más allá dándole explicaciones a su fotógrafo, que no vio ni captó nada. Ya os dije que mi madre no es muy amiga de las cámaras.