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Entrevista a Oscar Wilde: "Hoy titularía mi obra El Instagram de Dorian Gray"

Carlos Langa entrevista a Oscar Wilde.

El dramaturgo irlandés, Oscar Wilde

Wikipedia El dramaturgo irlandés, Oscar Wilde

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Señor Wilde, ¿cómo se definiría?

Un hombre que escribe cosas.

No ha sido una contestación muy ingeniosa, le tenía por un escritor más brillante.

Ser ingenioso constantemente es algo que fatiga bastante. Uno no puede estar diciendo genialidades siempre. ¿Usted se cree que cuando bajo a comprar el pan y pido una hogaza lo digo con una frase que deje boquiabierto al tendero?

¿No es así…?

No. En el momento en que necesito una baguette​ para acompañar al pisto, que es una comida que pide panear, acudo a la tienda y digo: “Una barra de pan, por favor”. Cuando me la dan, respondo: “Gracias”. Y me voy. Punto. No se me ocurre nada estupendo para ir a comprar un mendrugo de pan. No se puede estar siempre en alto. ¿Qué quiere que le diga? Acúseme de fraude literario. No será el primero ni el último. De hecho, el último ha sido mi panadero.

Vamos a relajar la entrevista. Señor Wilde, ¿su canción favorita?

Wilde is the wind. ¿Eh? Como la canción de Nina Simone, pero en vez de “wild” pongo mi apellido, Wilde. ¿Esto ya le parece brillante? ¿Ya soy genial?

 

Bueno, ha hecho un juego de palabras. Si el ingenio fuera un edificio, los juegos de palabras serían el sótano.

A mí siempre me han gustado los juegos de palabras, de hecho el título de una de mis obras más celebres, “The Importance of Being Earnest”, es un juego de palabras. Aunque en español se pierda con la traducción. Ya puestos en traducciones infames podrían haberla titulado “Con Ernesto y a lo loco”. Además, siguiendo con el tema de los sótanos, tampoco estoy de acuerdo con usted en identificar un sótano con algo negativo. A mí los sótanos me parecen maravillosos, son lugares donde pasan las mejores cosas. Yo le contaría algunas de ellas, pero creo que esta revista la leen menores.

Sin embargo, a usted le ha dado fama universal no un sótano, sino una buhardilla, en la que residía el retrato de Dorian Gray.

Muy bien traído, lo ve, usted sí es muy agudo.

¿Qué guarda usted en su buhardilla? ¿También un cuadro?

No. Yo tengo una pata de jamón. Y me he dado cuenta de una cosa: funciona conmigo igual que el retrato con Gray. Mientras yo me conservo estupendamente, esa pata de cochino va deteriorándose cada vez más y más. Le recomiendo que no suba allí, el hedor ya es insoportable.

Usted reescribió varias veces esa obra para que se publicase como libro. ¿aún cambiaría algo?

Por supuesto, si la publicase hoy la titularía “El Instagram de Dorian Gray”.

Como esteticista, ¿cree que la vida imita al arte?

En efecto, el arte no imita a la vida, sino todo lo contario: la vida imita al arte. Esto sucede desde el comienzo de los tiempos. Primero alguien representó la caza de unos bisontes en una cueva y después otra persona sintió la necesidad de vivir de primera mano esa experiencia que había conformado su educación sentimental. Esto sucedió hasta que la vida le puso una demanda al arte por plagio, y el arte perdió el juicio y tuvo que indemnizar a la vida y pagar las costas. Nadie contaba con que la vida estuviera afiliada a una sociedad de gestión de derechos de autor.

Hablando de perder juicios, usted perdió uno contra John Sholto Douglas, y fue a la cárcel por sodomía.

Este señor me acusó primero de mantener relaciones con su hijo, entonces yo me vi obligado a denunciarle a él por difamación. En un primer momento, intentó que arregláramos nuestras diferencias boxeando, y yo accedí. Pero como sabe, John Sholto Douglas, 9º marqués de Queensberry, es el creador de las reglas modernas del boxeo, así que a medida que íbamos combatiendo él cambiaba una regla, añadía una norma o penalizaba algún golpe. De esta manera era imposible que yo ganase. No tuvimos más remedio que ir a los tribunales.

Y perdió.

Así es. Además meses después fui yo el que fue a la cárcel condenado a dos años de trabajos forzados, valga la redundancia. No conozco ningún trabajo que no sea forzado. Se me acusó de cometer actos de “grave indecencia”. Igual que ellos con el matrimonio gay, yo no estoy en contra de la intolerancia retrograda, pero que no lo llamen “grave indecencia”.

¿Cómo fue su paso por la cárcel?

El traje a rayas no me favorece a los ojos. Aunque me sirvió para escribir un par de textos y visitar el gimnasio donde me entrenaba con una banda latina. Eché bíceps. ¿Sabe si el marqués de Queensberry ha concluido definitivamente las reglas del boxeo?

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