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Tipos de gente frente al uso de las mascarillas

¿Quién no recuerda lo de que llevar la nariz por fuera de la mascarilla es como llevar el pene colgando por encima de la goma de los calzoncillos?

Con la mascarilla por debajo de la nariz

iStock Con la mascarilla por debajo de la nariz

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Desde el pasado sábado, muchas personas celebran que ya no es obligatorio utilizar mascarilla en la calle. Esta es una medida que se retoma de cuando salimos del confinamiento en 2020, que tampoco era obligatorio su uso excepto cuando no se podía mantener la distancia de seguridad y en sitios cerrados. De cara al verano se hizo obligatoria su utilización en todo momento, no porque fueses a contagiar o a contagiarte en una calle vacía, sino porque era la única manera de forzar para que en circunstancias de posible riesgo se llevase puesta, pues poner un policía en el culo de cada persona parecía más inviable.

Ahora volvemos a la flexibilidad del punto de partida y con el agravante del hartazgo popular y también de haber perdido capacidad racional para seguir viviendo en sociedad. Están quienes las siguen llevando cuando toca e incluso más allá, y quienes celebran que ya no es obligatorio usarlas en todo momento, en toda circunstancia y en todo lugar, aunque antes ya no la llevaban en ningún sitio. ¿Quién no recuerda lo de que llevar la nariz por fuera de la mascarilla es como llevar el pene colgando por encima de la goma de los calzoncillos?

Uso de la mascarilla con normalidad

Lo cierto es que hay en la calle más gente con mascarilla que cuando era obligatoria, igual es que tampoco eran tantos los antimascarillas y les hemos dado demasiado protagonismo, al igual que a los antivacunas, que al final hemos visto que resultaron ser menos de lo que parecían, a juzgar por los datos y el bajo rechazo de pinchazos. Parece que por las calles céntricas donde te cruzas con otros a escasos centímetros y compartes un fugaz espacio vital en semáforos, se sigue respetando su uso con normalidad. “Prudencia”, “la nueva cepa es más contagiosa” y “hasta que no me vacunen, no la quito” son los motivos que más llevo escuchando estos días.

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Estos son quienes el sábado compraron por primera vez en toda la pandemia una mascarilla quirúrgica para salir a celebrar que por fin ya no eran obligatorias, tirándola por los aires después de pasar año y pico con un trozo de trapo mugriento asomando la nariz, fumando y comiendo todo el rato con tal de llevar la cara despejada, y ahora lo festejan como si les hubiese tocado El Euromillón. Celebran su rutina como si fuera una excepcionalidad.

También son quienes ahora entran en los comercios con la cara desnuda alegando que pensaban que no hacía falta porque ya no es obligatoria –si cuela, cuela-, y el tendero de turno, por no perder la venta, les atiende en la puerta.

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Para lo que verdaderamente nos ha dado oxígeno esta medida es para volver a sitios abiertos como parques y para pasar por calles vacías o sin apenas gente y que un señor random paseando al perro no nos penetre con su mirada inquisitiva si no llevamos mascarilla. Esto no se trata de ser antimascarillas, es que no es necesaria.

Poco se habla también de la ansiedad que también ha generado al resto la ansiedad de estas personas neuróticas. En el fondo te acabas sintiendo mal si no la llevas a 6 o 25 metros de su persona porque empatizas con su irracional malestar. Es duro y preocupante que una persona crea que va a estar más protegida, y si es con doble FFP2 en vez de quirúrgica mejor, en lugares y momentos donde es prescindible, como en el parque, en el coche yendo a solas o ¿durmiendo?, porque eso tiene que hacer un innecesario agujero gordo en la psique. ¿Qué información estamos recibiendo?

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