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Testimonios de personas que cogen cosas valiosas en la basura

Becaria ha hablado con gente que encuentran joyas en medio de la basura.

Mercadillo

Pixabay Mercadillo

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No solo hay basura en la basura. Es algo que he podido observar paseando por la calle y me lo han confirmado varias personas que no tienen reparo en doblarse y coger un mueble, un jarrón o un libro que vean abandonado al lado de un contenedor y que brille por su buen estado. Quienes me han contado sus adquisiciones urbanas, tienen un sexto sentido para seleccionar el grano de la paja y para diferenciar el buen mueble del reloj de cuco apolillado.

Un baúl de Pertegaz y otros muebles de calidad

El imán de Victoria Bermejo de Barcelona con el mobiliario de valor es para enmarcar. Me comenta que a lo largo de su trayectoria de varios años fijándose en lo que la gente coloca al lado de los contenedores, ha rescatado cosas como un baúl del diseñador Pertegaz para el que tuvo que coger un taxi con baca para transportarlo, una silla Panton, unos carritos italianos en perfecto estado que le trajeron buenos recuerdos porque sus padres tenían uno igual, y también «una pequeña librería art decó que casi me produce un lumbago, y dos sillas isabelinas que, gracias a Dios, un buen mozo me ayudó a portear hasta mi casa». Además, Victoria es una gran aficionada a hacerse fotos con sillas y otros asientos que la gente suelta en la calle y que luego comparte en sus redes sociales bajo la etiqueta #LoSientoMeSiento, todo un movimiento artístico que fusiona el atrevimiento al sentarse en lo desconocido, la sutilidad en su elección y el mayor refinamiento underground dándole una segunda vida a lo que parecía más inerte que la muerte.

Cogí un bisonte de Playmobil en la basura

«He cogido todo tipo de cosas siempre que la vergüenza y la compañía de turno me lo ha permitido», me cuenta Daniel, un chico de Gijón que de camino a su hogar va ojo avizor por si encuentra algún adminículo de valor que pueda llenar su existencia, pues según me cuenta, la casa ya la tiene a reventar. No le falta de nada. En lo que a literatura huérfana respecta, ha rescatado libros «en perfecto estado e incluso precintados, ediciones en tapa dura, cómics de Super Humor de Mortadelo y Filemón, revistas antiguas de Micromanía y revistas Blanco y Negro anteriores a la Guerra Civil». Al igual que a Victoria Bermejo, la calle le ha dado muchas satisfacciones en cuanto a mobiliario y decoración: «en mi casa hay dos sillas de aluminio de los años 70 del siglo XX que así lo atestiguan, así como algún que otro cuadro copia de Julio Romero de Torres que debería estar en todo hogar que se precie». También ha adoptado cámaras analógicas, al parecer, bastante frecuentes en la basura cuando aparecieron las cámaras digitales, una afición heredada de su padre.  Tampoco pasa por alto la informática desde el Pleistoceno hasta la actualidad. En su haber basuril cableado cuenta con un Spectrum y un iMac reventado que no funciona. «Lo cogí porque me daba cosa dejarlo allí y porque nunca se ve nada de Apple en la basura», aunque ha dejado pasar cosas importantes para él por pudor, de lo cual se arrepiente. «Una vez vi un Spectrum 128K y no lo cogí, pasé de largo por vergüenza. Entonces era joven y aún me importaba lo que pensaran de mí». «Los juguetes son frecuentes, aunque hay que andarse rápido en el caso de Playmobil y similares. Tengo un bisonte muy majo que encontré justo al lado de casa». Feliz y orgulloso de todas sus adopciones materiales aunque algunas no funcionen, finaliza sus confesiones contándome que «ahora que estoy en el crepúsculo de mi vida y todo me da igual, sé que si algo que me gusta se vuelve a cruzar en mi camino, se irá para casa conmigo a ser felices juntos».

Contenedores de basura que son grandes bibiliotecas

«La basura que tiramos muestra cómo es la sociedad» me dice Paz, una instagramer de Gijón que capta las mejores basuras de su ciudad y que posteriormente publica con el usuario @labasuramehabla. En sus trayectos urbanos se encuentra con todo tipo de objetos servibles y en buen estado: «He visto desde muletas, sillas de ruedas, juguetes seminuevos, bombonas de gas butano, bicicletas infantiles y de adultos, cuadros enmarcados pintados al óleo o grabados, menaje, libros usados y alguno hasta con el plástico de embalaje y peluches, algunos completamente nuevos.

Cómo no, también aprovecha para llevarse cosas útiles y como nuevas: «he cogido libros de poemas, historia, alimentación saludable, yoga, biografías y alguna novela con muy buenas críticas, incluso una de Blackie Books. Una vez también encontré un transportín para gatos con etiqueta. Se lo di a una amiga que tiene muchos animalinos». Ella cree que la inmensa mayoría de gente tira estas cosas en la calle por falta de tiempo y pereza, y otros esperan que a alguien les puedan servir y se las lleven, a diferencia de quienes tiran neveras, colchones, bidés, váteres, bañeras y pasan días en la calle, «que esos son unos guarros», concluye Paz.

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