Los sapos, esos anfibios tan poco amigables, son una de las búsquedas en Internet más populares estos días de desescalada pandémica a causa de una investigación a Nacho Vidal, el conocido ex actor porno y hasta ahora vendedor de talleres online sobre relaciones de pareja por el módico precio de 300€ a través de una plataforma donde también se promociona de Josef Ajram. Bueno, vayamos al grano. En estos momentos, el pornstar está siendo investigado por homicidio imprudente por la muerte en su casa del fotógrafo José Luis Abad en julio de 2019 durante un ritual chamánico, un método mágico que consiste en inhalar el veneno de un sapo a través de una pipa, en este caso para superar su adicción a los estupefacientes.

A los sapos nos los encontramos en supersticiones y creencias ancestrales. Si bien el atentado contra la salud pública que venden ciertos chamanes para curar problemas físicos y/o mentales a través de la fumata de veneno de sapo Bufo Alvarius, que produce efectos entre el delirio y el nirvana, y en el peor caso la muerte, corren mitos magufos que todavía se siguen utilizando en la magia y la brujería por su asociación con la lujuria y el mal. Por su aspecto tan poco apetecible ni adorable, a ningún publicista se le ocurriría meter un sapo en un anuncio de perfume para San Valentín o en el cartel de un orgía aunque fuese en un sótano sin ventanas con colchones en el suelo para parejas liberales.

En el arte se ven reflejadas estas mamandurrias atávicas. Existe en una dovela de la catedral de Tudela (Navarra), en la portada del Juicio Final, con una mujer desnuda atormentada por diablos y dos sapos mamándole los pechos, símbolo de lujuria, por lo que es condenada a ojos de la Iglesia. Porque ahondando en este mundo de la superstición, los sapos son considerados como hijos de una bruja y el demonio. Han sido, y siguen siendo, muy solicitados en toda clase de recetas mágicas utilizando el sapo entero, sus partes o su secreción venenosa. Se dice en estos ambientes del delirio que el sapo es la comida que da Lucifer a las almas que están en el infierno, lo que viene siendo el rollo gourmet de los magufos ancestrales y que sostienen sus actuales discípulos.

Los hechizos en los que interviene este anfibio pintan muy diversos y variopintos. Para someter a una persona a la voluntad de otra, se debe coger un sapo de su mismo sexo y coserle los párpados con seda verde con cuidado de no dañarle los ojos, pues en ese caso, la persona a hechizar quedaría ciega. Está claro que no es un rito apto para chamanes con mal pulso. Para que haga efecto, hay que pronunciar un mantra y ya quedaría la persona bajo un total dominio. Así de sencillo. Otro procedimiento para el mismo fin consistiría en coser la boca al sapo, pudiendo descoserla en caso de arrepentimiento antes de que haga efecto el hechizo, y darle de beber leche de vaca durante cinco días, acompañada la acción de una frase mágica adecuada. Como dirían en otros ambientes del trato animal macabro; "el sapo no sufre". Es producto de nuestra imaginación. Aquí una frase de Paulo Coelho no valdría para nada.

Otro rito consiste en colocar en el vientre del sapo un objeto de la persona a la que se desea someter a voluntad del hechizador, atarle las patas con una cinta roja y meterlo en una olla. Hasta que la persona a hechizar no acceda a los deseos que ocupan el ceremonial mágico, sufrirá las mismas molestias que el sapo. 

Y, visto lo visto, así seguimos en pleno siglo XXI, con gente vulnerable y sugestionada depositando la fe en las mal llamadas ciencias ocultas que desafían a la razón y a la lógica, y superan a cualquier chifladura de la imaginación.