Partiendo de que normales nunca hemos sido, cada cual con nuestras taras especiales, lo de "la nueva normalidad" publicitada por el Gobierno por la pandemia del Covid-19 me parece un poco atrevido. Llamémoslo como queramos, pero esta novedosa situación en nuestras vidas que parece un sueño húmedo de Satanás, nos está trayendo la normalización de unos comportamientos de lo más peculiares, beneficiosos o no, y en otros muchos casos, vergonzantes. Vivir como apestados, las desinfecciones enfermizas y la gente que lleva la mascarilla en la barbilla, es lo que más impactada me tiene en esta nueva anormalidad:

Mascarillas por debajo de la nariz

Da igual en la fase de desescalada que estemos. Si a estas alturas de la película no sabes que la mascarilla es para taparte la boca y la napia y evitar bañar superficies y a otra gente con tus virus, en el caso de que los tuvieras, así como para protegerte de los virus ajenos, en el caso de que uses una mascarilla que sirva para ese doble efecto, apaga y vámonos. Esto es de primero de mascarillas. La mayoría de la gente no teníamos ni idea de estos materiales higiénicos hasta que el virus llegó a nuestras vidas, pero tampoco hace falta ser ingeniera de la NASA para ponerse al día y protegerse, y proteger a los demás.

Desinfección nivel enfermizo

La anormalidad de la desinfección constante de manos, superficies u objetos, que en otra situación no pandémica sería un grave trastorno obsesivo compulsivo, es un problema que antes no teníamos y ahora forma parte de nuestra cotidianidad: lavar las manos hasta la irritación, desinfectar con lejía la compra del supermercado o dejar en cuarentena los libros recién adquiridos por si acaso alguien con el virus los ha tocado antes o ha pasado página con un dedo mojado en la lengua, ya son una pérdida de tiempo más en nuestras vidas por la buena causa de seguir viviendo evitando la infección del maligno. Que nadie te engañe: no nos acostumbraremos nunca.

Somos todos unos apestados

Otro signo distintivo de la nueva anormalidad es que no te puedes despistar por la calle, tienes que ir siempre alerta por si te cruzas con alguien e ir calibrando constantemente un mínimo de dos metros de seguridad. Ya partes de que toda persona va infectada para tomar la máxima precaución que esté en tu mano, y en tus pies para mantenerte lo más lejos que puedas. Sin ser un sesudo trabajo matemático, a mí esto me acaba dando dolor de cabeza. Es como una lucha constante contra un organismo malvado invisible, sabiendo que si te roza la boca, te puede matar, dejarte los pulmones averiados o no causarte ningún daño, pero para la gente responsable, el temor ahí persiste y no hay agua ni jabón que lo quite.

Quitar la mascarilla para hablar

La inutilidad estrella en el mal uso de las mascarillas es la de bajarla para hablar o llevarla en la barbilla cuando te has cansado de respirar mal con ella. Hay que llevar una empanada de atún importante en la cabeza para no darse cuenta de los riesgos de su mala utilización y de que su efectividad es como si tienes tos y te rascas los cojones, con perdón. Si no te sientes preparado para vivir en sociedad con la boca bien tapada, lo mejor es que no la uses y te mantengas bien lejos de la humanidad, o que sigas en cuarentena en casa viendo videotutoriales en Youtube homologados hasta que aprendas a utilizarla. Ánimo. 

A ver si pronto podemos ser, como mínimo, los anormales que siempre hemos sido.