Entrar en un quiosco en septiembre es correr el riesgo de morir catapultada bajo infinidad de cartones con cachivaches absurdos y libros pegados, con un llamativo precio de lanzamiento en la esquina superior derecha. Te juegas la vida por gastarte tres euros entre unos chicles, la revista Pronto para la abuela y una bolsa transparente con gominolas de dudosa fabricación y procedencia.

Ahí destacan los coleccionables por encima de todo, la pesadilla quiosquera que no pasa de moda. Año tras año se ven los mismos cartones gigantes con artilugios de lo más variados y variopintos: dedales, barcos, coches, camiones, muñecas de trapo, libros... Colecciones interminables que todo el mundo ha empezado alguna vez y es ciencia ficción quien ha llegado a terminarlas. Pueden tener una duración de un año o incluso más, suponiendo un desembolso total de dinero desorbitado, para el valor real que tienen. En algunos casos podríamos hablar de colecciones que rozan el timo, como la maqueta del camión que te obliga a comprar cien fascículos para completarla y desembolsar más de mil euros para al final tener tu camioncito de juguete y encima montado por ti mismo. El IKEA de los coleccionables, pero en caro. ¡Menudo timo! Se dice que hay un círculo del infierno para quienes han llegado a completar una colección.

El precio inicial siempre es de lo más seductor, por insulsa, ridícula e inútil que supongo la colección. Todo se basa en el mismo mix estratégico: la irresistible ganga del principio, el ñordo de entre los cinco primeros fascículos que no se te ocurre comprar, o lo compras porque es barato y lo escondes por vergüenza, y el precio digno de artículo de lujo en sucesivas entregas hasta el final. La ilusión del principio y la sensación de estar amontonando mierda cuando vas por el vigésimo sexto fascículo son emociones inevitables de quienes sufren con más arraigo este tipo de síndrome de Diógenes.

Luego llegan los remordimientos, aparece Marie Kondo en tu vida y decides desprenderte de todo eso que "no te hace feliz", el mantra de esta mujer japonesa obsesionada con el orden. Optas por decir “adiós” a todo eso que has comprado inútilmente para curar alguna pena y lo único que has conseguido es acentuarla, en vez de gastarte los cuartos en terapia y no en dedales típicos del mundo, libros de los filósofos más machistas de la historia que no vas a leer nunca o cajas de cerillas desde la Edad Media hasta la actualidad.

Anuncias doscientos artículos en Wallapop muy baratos para deshacerte de ellos y recuperar algo de calderilla, pero pasan los meses y nadie los quiere porque justamente subes las mismas piezas que suben las demás personas que también quieren desprenderse de lo más feo de las colecciones que compraron compulsivamente. Te desesperas, das el dinero por perdido y decides liberar el espacio donando tu mercadillo online frustrado a la ONG más cercana o asociación de vecinos del barrio.

Y es que se pueden coleccionar cosas diversas con algún tipo de utilidad, que de verdad sirvan para algo, como mecheros, pastillas de jabón con formas, vibradores y otros artilugios para el placer, pero se empeñan en intentar llenarnos la casa de trastos para ocupar huecos que ya tenemos a rebosar de cosas materiales inútiles y deprimentes.