Día sí y día también, tenemos que escuchar y leer machiruladas a tipos de toda condición política, social, económica y mental. ¿A quién no le puede venir a la cabeza media docena de nombres de repente? Hace siglos, la cosa estaba aún peor; señoros con conocimientos de múltiples disciplinas, cuando se trataba de reflexionar sobre la condición natural de la mujer, sacaban a relucir unas buenas jaulas de grillos de sus cabezas:

En la cocotera de Aristóteles, la mujer era una paja mental espectacular

Para Aristóteles la mujer estaba muy por debajo del hombre, solo por encima del esclavo. Qué gran alivio. Corría el siglo IV antes de la Era y este buen filósofo se tomó el análisis pseudocientífico de su mano. Dijo cosas como que las mujeres «parecen hombres, son casi hombres, pero son tan inferiores que ni siquiera son capaces de reproducir a la especie, quienes engendran los hijos son los varones», dijo en su obra "Política". No se lució menos en "Historia de los animales", donde soltó glorias como «La hembra, ya que es deficiente en calor natural, es incapaz de preparar su fluido menstrual al punto de refinamiento en el cual se convierte en semen. Por tanto, su única contribución al embrión es su materia, un campo en el cual pueda crecer. Su incapacidad para producir semen es su deficiencia». No sabemos si estas ideas de mente de bebé borracho las lanzó en calidad de polímata, científico, filósofo o pollastre ilustrado, pero ha sido una gran influencia para esos señores de la Iglesia católica que siguen fieles a sus creencias ancestrales.

Rousseau, destacado misógino ilustrado

"Emilio, o De la educación" es considerada la mejor y más importante de las obras de Jean-Jacques Rousseau, y menos mal. En su Libro V se leen infamias machistas una tras otra, encadenadas como ristras de chorizos: «una de las primeras obligaciones de la mujer es la limpieza; obligación especial, indispensable, impuesta por la naturaleza. No hay en el mundo nada más repugnante que una mujer sucia, y el marido que la desdeña tiene mucha razón». «El orden de la naturaleza también quiere que la mujer obedezca al hombre; por lo tanto, cuando la escoge de un orden inferior, el orden natural y el civil están en concordancia y todo está bien, pero ocurre lo contrario cuando ella es de una clase superior, pues el hombre se condena a renunciar a sus derechos o a la gratitud, y ser ingrato o despreciado». Una misoginia de principio a casi fin: «decidnos qué es la mejor idea de una mujer, si cuando entráis en su gabinete y hace que os acerquéis a ella con más respeto el verla ocupada en las tareas de su sexo, en los cuidados caseros, arreglando la ropa de sus hijos, o cuando la encontráis en su tocador componiendo versos, rodeada de folletos de varias clases y de tarjetas de todos los colores. Cuando no haya en la tierra más que hombres de juicio, ninguna soltera literata hallará marido en toda su vida». Se quedó a gusto este viejo chocho.

Schopenhauer, otro ilustrado en "sus labores"

Su texto "El amor, las mujeres y la muerte" es una obra magna de la misoginia donde suelta grandes perlas cultivadas, deducciones como que a las mujeres les gusten los hombres de unos treinta años, varoniles y fornidos (bueno, vale, hasta aquí bien), «[...] De aquí procede que a menudo amen las mujeres a hombres feísimos, pero nunca a hombres afeminados, porque no pueden ellas neutralizar semejante defecto». «No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras aspirantes a ser lo que aquellas, que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión». No se descarta que en 2019 vuelva a convertirse en bestseller.

Escupamos sobre Hegel

Este es el título de un libro actual que reflexiona sobre teorías de personajes históricos sobre la inferioridad de la mujer y, lejos de parecer maleducado, viene muy a cuento. El propio Hegel dijo: «Las mujeres pueden por supuesto ser cultas, pero no están hechas para las ciencias más elevadas, para la filosofía y para ciertas producciones del arte que exigen un universal (...). El Estado correría peligro si hubiera mujeres a la cabeza del gobierno, porque no actúan según exigencias de la universalidad, sino siguiendo opiniones e inclinaciones contingentes», y con esto se quedó tan fresco en su obra "Principios de la Filosofía del Derecho". Hoy estaría contentísimo al ver que en las últimas elecciones generales de España, todos los candidatos seguían siendo hombres y con sus compañeras mujeres a una prudente distancia.

Vallejo-Nágera y sus majaderías de loquero clínico

Y para acabar con esta sobredosis de machismo y misoginia, tenemos a un psiquiatra del franquismo, Antonio Vallejo-Nájera Lobón, "el Mengele español", que se quedó en la gloria en su estudio “Biopsiquismo del fanatismo marxista”: «La mujer participa en política para satisfacer sus apetencias sexuales. La razón hay que buscarla en la característica debilidad del equilibrio mental de la mujer, la menor resistencia a las influencias ambientales y la inseguridad del control sobre la personalidad. Por ello, es fundamental que la religión católica imponga a la mujer sus estrictas normas a modo de "freno" a su tendencia animal. Cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer se despiertan en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarle las inhibiciones inteligentes y lógicas, característica de la crueldad femenina que no queda satisfecha con la ejecución del crimen, sino que aumenta durante su comisión». Y sin más que añadir, que Satán nos pille a todas confesadas.