En estos tiempos de represión, censura y libertades no vistas ni en ciencia ficción, toda cuestión referente al sexo solo podía salir de boca de médicos y curas, los unos por estudiarlo y los otros para criticarlo, aunque también por practicarlo en petit comité. Echar la vista atrás en lo que a estos temas del jolgorio y el gozo sexual se refiere, es como ver una película de género absurdo y surrealista donde un tipo infame más bien bajito, bigotudo, culón, monórquido y con voz de pito, contradictoriamente, tenía la voz cantante en todo lo que se podía hacer, ver y leer con un mínimo ápice de erotismo: nada. Follar para procrear, con camisón mediante, y gracias. Estas son algunas cosas que en España han pasado durante la larga dictadura franquista y que debemos tener presentes para que no vuelvan en una ola de nostalgia y castración de libertades y derechos:

Mujer, esa máquina de parir

Por estos tiempos, la familia, cuanto más patriótica, más cristiana y más numerosa, mejor. Ya desde niña te inculcaban que tu papel en la vida iba a ser servir a tu marido, parir como una coneja y pasarte la vida cuidando niños, cocinando y fregando sus porquerías. Y que no se te ocurriera quejarte. Ser familia numerosa tenía premio, y se han visto matrimonios con hasta veinticinco hijos, que podían ver compensado su fervor reproductivo hasta con un piso. Un hecho sexual con anorgásmico final. Qué detallazo todo.

Prohibido comulgar con la regla

A las niñas educadas en régimen de internado en colegios de religiosas, se les sugería con pudor y vergüenza que no comulgasen cuando tuviesen la regla. En estos días, estaban obligadas a acostarse con la luz apagada y ducharse con el camión puesto. Nunca se supo qué incompatibilidad habría entre estar sangrando por el período, como cada mes, y tomar la hostia. La ciencia no ha sabido dar respuesta a este expediente del sacramento oral de Cristo y menstruar.

Dios lo huele todo

Los moralistas de la Iglesia se sacaban de la manga normas de comportamiento que, si tenías la mala suerte de haber sufrido un lavado de cerebro por la religión y el régimen, podías acabar con una neurosis que no existía Padre Nuestro que la curase. Al igual que con la menstruación, también desaconsejaban comulgar e incluso entrar en la iglesia a quienes hubiesen tenido “sexo conyugal” la noche anterior. Aunque te lavaras, esa suciedad se notaba y a Dios no se le escapaba nada. Ahora ya le debe de dar un poco más igual.

El mal mortal de la masturbación

Masturbarse era ese alivio prohibido a la vez que un drama espiritual. Decían los señoros moralistas que tocarse debilitaba el cerebro (así iban de finos ellos), consumía la médula de los huesos y podía conducir a la tuberculosis y a la locura. La obsesión de los educadores de la posguerra llevó a prohibir a los chicos de los internados a meterse las manos en los bolsillos, cruzar las piernas y dormir con los brazos dentro de las sábanas.

Censuras y otros tiros por la culata

Sin Internet, sin algoritmos y sin dinero para hacerse con una revista porno clandestina. Estas gentes de conciencia timorata que tenían el poder sobre el resto de los mortales manejados como marionetas propiedad del régimen, censuraban la mayor banalidad como si la sociedad fuese un bebé tonto al que habría que proteger de cualquier detalle concupiscente fuera de tono que pervirtiese su existencia. Las dobles versiones en el cine para mostrar en el extranjero sin recortes y la versión censurada, sin desnudos, ni tetas, ni provocaciones adúlteras para los tonticos españolitos. En prensa, a la periodista Josefina Carabias le suprimieron la palabra “braga” por inmoral. Palabras como “coño”, “carajo” y “joder” tenían que sustituirse por “córcholis”, “caray” y “jolín”. Lo mejor fue el éxito en un cine de Santiago de Compostela en 1973 al reproducirse por error la película “Las Melancólicas” sin censurar. En el cine se formaron colas interminables de autóctonos y autobuses llegados de otras provincias para disfrutar de ese acontecimiento inaudito con escenas eróticas y despelotes jamás vistos en la Madre Patria española.

Peor que la peste; ser homosexual

Durante todo el franquismo, el homosexual se movió entre dos leyes infames; primero la Ley de Vagos y Maleantes y luego la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Los “invertidos”, “bujarrones”, eran tratados como enfermos y apestados, alimañas acorraladas, sirvientes de espectáculos odiosos y degradantes. Y como es de sobra sabido, el mundo eclesiástico estaba plagado de homosexuales. Salvador Guasch fue un cura gay que al finalizar la dictadura fue internado mes y medio en un psiquiátrico por su condición sexual. Después, indignado, siguió trabajando como sacerdote freelance en “el movimiento gay cristiano”. Aunque hoy día seguimos arrastrando grandes dosis de taradeces homofóbicas.

Campaña contra los bailes agarrados

 

Bailar pegados no es bailar, es como estar pecando mucho peor que solo. En 1958, salieron carteles prohibiendo los bailes agarrados que, según los obispos, eran “un serio peligro para la moral cristiana”. Fueron el hazmerreír hasta para los comesantos del momento. En 1964, un tal padre Jeremías publicó un libro contra el baile moderno, catalogándolo de “ejercicio público de lascivia y fornicación”, “manantial de carnalidades y públicas desvergüenzas” y “encarnación de la carroña moral de los pueblos más degradados”. Y, mientras tanto, las turistas alemanas y suizas se partían de risa con estas paridas a la vez que hacían topless en nuestras playas. Normal.

Cura vandálico por escándalo sexual

En Madrid, en 1947, a un sacerdote llamado Morales, se le subió demasiado a la cabeza su interpretación de lo que era la moral y las buenas costumbres. Morales organizó excursiones al centro de la capital con grupos de jóvenes católicos para destrozar los carteles que anunciaban la película Gilda con Rita Hayworth vestida con un vestido negro ceñido y tacones que ni se veían por la mala calidad de la impresión de la época. Ay, Diosito. Estaban para encerrar en el oligofrénico más que en la congregación cristiana.

Maestra al paredón por dar educación sexual con un libro prohibido.

 

Antonia Sabriá fue una maestra expulsada del colegio donde trabajaba por incluir en sus clases de EGB educación sexual con un libro infantil que en los años 70 se convirtió en bestseller: "¿De dónde venimos?", un manual explicativo de la reproducción y el impulso sexual con unos dibujos inocentes y divertidos, y un niño muy cabezón. Después de un largo procedimiento legal, la profesora acabó despedida y sin derecho a indemnización alguna, como no podía ser de otra manera. Ahí se mantuvo el dilatado régimen firme con sus reacciones atávicas e irracionales.

Todas estas infamias sobre la represión sexual franquista las podéis ampliar en los libros de “La represión sexual en la España de Franco” (1977) de L. Alonso Tejada y "El sexo del franquismo" (1977) de Óscar Caballero.

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Isabel II en una acuarela de los hermanos Bécquer | Wikimedia Commons