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Las cosas más desagradables que te pueden pasar en una orgía

Becaria nos desvela lo que realmente sucede en el mundo de las orgías.

Ranas (archivo)

Pixabay Ranas (archivo)

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Un día cualquiera te despiertas y decides ponerte manos a la obra para acudir a una orgía, vivir una experiencia de sexo masivo, evadirte entre cuerpos extraños y cadencias, sonidos y olores diversos. Las orgías pueden tener una naturaleza muy variada, pudiendo ser entre gente conocida y celebradas en domicilios privados, organizadas por Internet y llevadas a cabo al aire libre en plena conexión con la Pachamama, en grupos privados con conocimiento de quién es quién, en "organizaciones rivales" como dirían en Bélgica, o totalmente anónimas en saunas liberales donde pagas una entrada por el uso de las instalaciones, y si os he visto, ni me acuerdo, lo cual no quita que puedas conocer a gente follando y os acabéis hasta enamorando. Se han dado casos.

Tú que eres una persona tímida, prefieres tirar de algún grupo selecto organizador de orgías privadas con parejas, hombres y mujeres que van por libre sin mayor vínculo, afecto ni deseo que las ganas de desahogar un rato y hasta luego. Lo principal es beneficiarse mutuamente de las caricias, fricciones y fluidos. Compartir todo de todos y de todas con los mismos "privilegios". Como dicen los de Pantomima Full, en tu cabeza es espectacular, y le dedicas horas, días y semanas a la fantasía de vivir semejante experiencia sexual como quien va a un restaurante y tiene a su disposición toda una carta de platos, combinaciones y sabores.

Después de mucho leer e informarte por la "deep web" de las pasiones obscenas, consigues acceso a un grupo de Telegram organizador de eventos sexuales amateurs que acepta tu petición para acudir a una orgía de treinta personas donde no está permitido el alcohol y, básicamente, es llegar, desnudarte y participar en lo que vaya surgiendo, siempre manteniendo unas reglas básicas de educación que no ocupan más de veinte líneas. Te apuntas, vas al local, una antigua nave de crossfit que han adecuado con sofás, colchones de kárate por los suelos con cortinajes translúcidos, potros y luces tipo a las del árbol de Navidad, pero como si estuvieran fundidas. Pagas los sesenta euros de rigor de la entrada, te proporcionan un paquete con una toalla y chanclas de papel, una sábana también de papel para follar encima, un profiláctico de marca blanca, una boa del cotillón de Nochevieja que sobró el año anterior a modo de detalle para que incluyas en los juegos de seducción y un ticket que puedes canjear por un refresco para hidratar o por otro condón.

Entras en un cuarto gigante oscuro con música chill out de aeropuerto lleno de colchones y una cama redonda, inciensos, ambientadores y muchos espejos, donde ves lo justo para diferenciar personas desnudas sin poder apreciar sus caras, casi tampoco los culos, y no tardas en notar manos acariciando tu cuerpo, vahos de aliento que erizan los pelos de tu cuerpo, penes erectos que estrujan sus glandes contra tus nalgas, pechos bamboleantes que se golpean contra tu espalda, manos que intentan hurgar en tus genitales cuando, ante semejante percal, los llevas más secos que la mojama. Da igual que seas hombre o mujer, has accedido a acudir a ese tipo de evento sin más condiciones que el respeto mutuo si alguien te dice que "por ahí no" o "no me apetece, gracias", pero te das cuenta de que eres una persona con más remilgos de los que pensabas para acudir a una orgía entre desconocidos.

En tus fantasías imaginabas otro tipo de cuerpos, gente de tu edad, una confianza utópica. Los deseos son muy personales y no hay nada malo en que tengas tus gustos limitados y no te caliente cualquiera por el mero hecho de estar desnudo y querer el mismo sexo que tú. No es que desprecies al plantel por su forma física ni proporciones, pero nada ni nadie te excita, te incomodan y aun así, te cuesta rechazar a quien no te atrae. Está claro que tu bisexualidad no te garantiza ningún éxito extra. Los gemidos de los percutidores, los golpes de los testículos contra las nalgas al unísono y los gritos de placer, lejos de excitarte te dan la risa, y, sin dudar de la higiene de los participantes, ahí se entremezcla un tufo humano que ríete tú del olor de una clase con adolescentes de 2° de la ESO después de la clase de Educación Física. Tu pituitaria amarilla llora. De una orgía de treinta personas, no puede nacer ningún aroma bueno patentable por Cacharel.

Es imposible que ante semejante percal sientas motivación para ir más allá, aunque parezca que medio congenias con alguien o te engañes a ti mismo y erróneamente te fuerces a participar para no desentonar, para no parecer un impotente o una frígida que ha entrado ahí por error buscando una estación de servicio para echar gasolina, y acabas sintiendo sexos duros y mojados por todo tu cuerpo sin gustoso final. Y buscando la manera de escapar sin dejar rastro biológico, como si nada tuyo hubiese pasado por esas colchonetas excepto los sesenta euros al entrar y un orgasmo anal fingido antes de salir por la puerta trasera corriendo, que ambas cosas son más rápidas y se notan menos.

Sin duda, hay algo más desagradable que una pillada de la policía en plena orgía con un parlamentario homófobo gay, y es que no disfrutes de ella por haberte montado una película porno imaginaria digna de ganar un Oscar frente a una árida y dura realidad antierótica.

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