Si algo está claro es que, cuanto más lejos estemos de la gente con creencias alternativas al pensamiento científico, mejor, salvo para echarnos unas risas y a una prudencial distancia de seguridad. Con la pandemia del covid-19 han emergido ciertos conspiranoicos, también conocidos como "locos", "zumbados" o "chiflados perdidos", que niegan el virus y defienden posturas antivacunas, antimascarillas y otros delirios que atentan contra la salud y que ni en los mejores guiones de cine de ciencia ficción. Aunque aparentemente son inofensivos, suponen un gran peligro social.

Algunos de estos personajes tratan de inculcarte con soberbia su verdad acientífica con enlaces a sitios magufos que encuentran buscando sus creencias ridículas en la primera página de resultados de su navegador en la deep web. Les da igual quién lo haya inventado. Si va en contra de lo empírico, lo compran y hacen dogma de ello. Son una nueva fe con un credo y una religión tan lejos como todas de cualquier razón.

Los antivacunas son un peligroso colectivo que se ha venido arriba con la pandemia y nos está poniendo en riesgo a todos con sus chaladuras. Tras el estado de alarma, se han concentrado para gritar bulos contra la ciencia en varias ciudades; en Gijón llevan más de una semana acampados en un parque a modo de protesta contra el confinamiento, el uso de “bozales” (como llaman ellos a las mascarillas), las vacunas y acusando de genocidas a la OMS y a Bill Gates. Llama la atención que varios de sus participantes tienen más años que la orilla del río, lo que es considerado un factor de riesgo en el caso de sufrir esta enfermedad que niegan.

 

El personaje antivacunas profesional suele tener una autoestima a la altura de su ignorancia, y trata de demostrarte la verdad con noticias de blogs conspiranoicos penalizados por Google o videos de gurús magufos. Se quejan de que «se censure cualquier noticia positiva para la solución» y de que «no nos informan sobre cómo reforzar nuestro sistema inmune con naturaleza, sol, mar y alimentación». Cualquier cosa vale si la dice un tipo de mediana edad tirando a viejo, con canas, despeinado y una túnica ancha. Estas personas dicen que las vacunas son un invento para enriquecer a las farmacéuticas y que no sirven para nada, pero que vayan y se lo digan a los casi 6.000 niños que murieron por sarampión el pasado año en África.

Este perfil anticiencia y negacionista del virus va de la mano del antimascarillas, que defiende que éstas causan deficiencia de oxígeno en la sangre, nos enferman, nos envenenan y nos acaban matando. Asimismo, estos iluminados son grandes defensores de las terapias naturales, el demostrado timo de la homeopatía y los tratamientos alternativos catalogados como nocivos para la salud, como es el MMS, el preparado de clorito sódico que promocionaba Josep Pàmies, curandero sancionado por difundir pseudoterapias, y que los propios antivacunas de Gijón defienden como un «remedio natural inocuo de eficacia probada y bajo costo» en sus pancartas. La selección natural les está dando demasiado tiempo para que lean información sanitaria oficial y recapaciten.

«¿Te dejarías poner una vacuna creada por un psicópata obsesionado con reducir la población mundial?» es otro de los lemas de dicha acampada antivacunas. Estas ideas que en un principio eran el hazmerreír apoyadas por cuatro locos, cada día cuentan con más adeptos "gracias" a personajes públicos como Miguel Bosé, que ha mutado de cantante a embajador del Nuevo Orden Mundial difundiendo en Twitter conspiranoias como que nos quieren poner vacunas con microchips y nanobots diseñados por Bill Gates para sacar nuestra información personal y controlarnos a través del 5G. Miguel Bosé es el típico que dice que no acepta las cookies en las webs y se cree un superhéroe saltándose los rastreadores de la red. Está claro que este ya era el unicornio de la pandemia antes de que se pusiera de moda llevar la mascarilla en la frente. Y que esto lo diga un artista de lo suyo que ha envejecido como ha podido, aún puede tener un pase, pero peor ha sido que saliera a dar la cara con sus ideas el presidente de la Universidad Católica de Murcia, José Luis Mendoza, agravando el delirio al afirmar que «El coronavirus es fruto de las fuerzas oscuras del mal, del Anticristo y aquellos que le sirven con gran poder queriendo usurpar en nombre de Dios...», refiriéndose a Bill Gates y Soros como «esclavos y servidores de Satanás» y a sus planes para «controlarnos con un chis (“chip” mal pronunciado)». Nada más que añadir, señoría.

Los amigos del bulo y de la verdad ocultada por los gobiernos, también suelen ser afines al terraplanismo, a los avistamientos de ovnis y a echarle la culpa de la pandemia al 8M aunque luego digan que el virus no existe. La contradicción forma parte de la religión. En redes sociales forman piña, se hacen like y retweet mutuamente, se creen hasta el último bulo de que los termómetros infrarrojos de medir la temperatura te matan las neuronas cerebrales, y se intercambian pantallazos por Telegram si algún periodista del Nuevo Orden Mundial o político de la extrema derecha interacciona con ellos o compra su voto con un «Ánimo, bien ahí, chavalote».