Bares, esos lugares de diversión y perdición, y también de postureo. Para gente que mayormente le gusta de vivir de apariencias, este mercado hostelero ofrece todo lo que los perfiles de Instagram de muchas personas angustiadas y con carencias emocionales necesitan: cafés, cócteles con o sin alcohol e infusiones veganas que no importa tanto cómo sepan si en la foto quedan bonitas para presumir de diversión y buen gusto en redes sociales, a veces disfrazando alguna que otra psicopatía o depresión. Publicar un cóctel bonito no siempre es síntoma de necesidad de fardar, pero si te preguntas a qué hemos venido hoy al bar, te sirvo la respuesta: "a posturear".

Bar vegano, pero tampoco mucho

Estos bares se caracterizan por tener todas las mesas y sillas de madera, una de cada abuela, palets reciclados con usos polivalentes y objetos vintage decorando. Detrás de la barra no verás alcohol, sino varios metros de cajas de infusiones comerciales, también algún tarro con hierbas secas y varios tipos de azúcares morenos en las mesas. Te dicen que lo mejor es que pruebes las infusiones sin endulzar, pero saben a rayos y también te ofrecen estevia o sacarina industrial para edulcorar. El mejunje sigue sabiendo mal. Decides acompañarlo con un trozo de tarta insípida que se convierte en la peor elección de tu vida, pero te sientes mejor si piensas que estás comiendo sano y sin haber matado a ningún animal. En estos bares se mezcla lo natural con la venta de cosas del mundillo ecobioveganohipsterfriendly como jabones artesanos para tu higiene íntima o camisetas de algodón 100% ecológico. En el mercado "ecobio" no son muchos y les gusta hacer piña y vender todos de todas y todas de todos. La clientela suele ir rotando mucho, salvo la peña habitual, pues la gente corriente que no está acostumbrada a lo 100% ecológico no tiene el paladar para tanta naturalidad. Lo mejor es la foto del vaso de hierbas en Instagram, que solo entra por los ojos, más que por la nariz o el paladar, si bien son sitios y brebajes a los que deberíamos volver a darles una oportunidad.

Postureo underground, ni de izquierdas ni de derechas

Lo que la política separa, lo consiguen unir estos bares que ni de izquierdas ni de derechas, ni de nada en general. El centro no existe. Suelen ser bares con decoración muy híbrida, paredes mal pintadas como si estuvieras en un sótano, las tuberías del aire acondicionado al descubierto, mesas y sillas de colores recicladas de la basura y sillones con la tapicería rota y el relleno hundido donde los muelles se te meten por el culo. Un rollo estrafalario anarquista capitalista, con grafitis cool en las paredes que no ofendan a los ricos, y música entre trap gominola y rock instrumental para abarcar todas las sensibilidades de tímpano sin ahuyentar; que los pijos se sientan del pueblo llano sin perder su categoría y la gente obrera roce sentimientos de nueva burguesía. Un underground alternativo "quiero y no puedo" al alcance de todos. Están pensados para la foto de Instagram: infusiones presentadas como cócteles con alcohol sin un ápice de sabor a sus ingredientes, pero lo que importa es la presentación a precios populares, sin ser baratos, pero tampoco tener que pedir un préstamo para echarte unos tragos.

Entre whisky y gintonic para todas las edades

Es el bar de moda para todas las generaciones, desde los supervivientes del Cretácico hasta la actualidad. En su decoración no faltan carteles de conciertos caducados y espectáculos sicalípticos en papel salmón, entradas musicales con más años que el hilo negro, ukeleles, vinilos y un elepé firmando por Fernandisco.

A veces hay conciertos de grupos que nadie conoce y se petan de amigos de los propios músicos y de colegas del bar. Otras veces también hacen monólogos e improvisan bolos filosóficos por rellenar la programación del local. No todo es malo, a veces va algún tributo de rockeros muertos y es aún peor. Cualquier mierda parece buena si la disfrazas con un trasfondo musical y/o cultural intergeneracional.

Sus clientes aparcan enfrente del bar con coches clásicos y su dueño tiene un Ferrari de hace cincuenta años. Aprovecha los canales del local para hacer intercambio de piezas de sus carrocetas, y los comentarios en las publicaciones parecen un Tinder jurásico entre gente de 30 a 75 años. Nada es lo que parece.

Cócteles de alto standing para posturear

Estamos ante bares no aptos para cualquier bolsillo. Son el "after work" de tomar algo después de trabajar la jornada completa en la oficina sin levantar el culo de la silla. Locales elegantes con decoración bonita y glamurosa, y camareros vestidos como niños tontos de los años 20. Suelen ser adorables y hacer estupendamente su trabajo con los espirituosos, pero la gestión de atender las mesas y tiempos es algo que llevan regulinchi. La perfección no existe. Su especialidad son los cócteles VIP en copa de balón con tropezones de hierbas, cardamomo, jengibre, frutas e hidrógeno líquido, todo por unos módicos precios de siglo XXIII. Las cartas de cócteles suele parecer programas de cine de cabaret.

Se mezcla la clientela pudiente con gente de clase obrera que quiere aparentar poderío y le gusta posturear por encima de sus posibilidades. El salario emocional no llega para pagar las apariencias. También hay gente que le da igual el postureo, pero va por lo rico que está todo, y todos tienen en común en sus perfiles de Facebook, Pinterest e Instagram fotos de alardear con sus espirituosos a punto de paladear.

Bar-librería y mucha cultura de postureo

Un tipo de local en auge es el bar cultureta que lo mismo vende libros que hace recitales poéticos y conciertos indies, que sirve canapés veganos en vivo. Cada vez que para un artista, cantante o poeta maldito nuevo, se revaloriza el negocio y suben los precios emocionales un céntimo. El aforo a partir de 39 personas ya es multitud. Siempre es más un bar de cualquier cosa que de librería; los libros decoran muy bonito, pero no se vende ni El Principito. Hay WiFi gratis y la contraseña suele ser el nombre de algún ilustre poeta. En este tipo de bar tan cultural que toca de todo y sirve todas las hierbas del recetario de La Botica de la Abuela, la clientela es como una familia desconocida que se entera de todos los temas ajenos sin saber de qué va la fiesta, y eso mola, genera muy buen rollito, aprendes un montón y te vuelves a casa con el buen sabor de boca de un té marroquí verde con hierbabuena, media docena más de followers en Instagram y una familia lejana nueva y diversa. A la tercera visita, si les caes bien, te ponen de administrador en la página de Facebook del chiringuito para hacer un refuerzo altruista en el trabajo de social media, porque ellos van a tope y las cuentas no dan para pagarle a nadie. Ya tienes el carnet de molar. Eres bienvenido como cliente y un rockero parroquiano te saluda con un abrazo y te llama "máquina" cuando detecta que has publicado gratis las fotos de su último concierto en el Facebook del bar.

Pero, a pesar de todo, nos vemos en los bares. Y si no cuadra, pues en Instagram.