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Anécdotas sexuales en hoteles contadas por recepcionistas

Becaria habla con varios recepcionistas de hotel que le cuentan las anécdotas sexuales más locas que han vivido.

Llaves de hotel

Pixabay Llaves de hotel

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Los hoteles son epicentro del hedonismo sexual para todo tipo de personas, situaciones vitales y gustos amatoriales. Una vía de escape para quienes no les gusta gemir alto en casa porque se tambalearían los cimientos del edificio, para darle al vicio de la infidelidad, para poner en práctica juegos poco convencionales con una cita Tinder o simplemente para follar sin compromisos y "adiós, muy buenas". He hablado con una serie de recepcionistas de hotel y me han contado anécdotas sexuales de su clientela, lo sucia que es alguna gente en cuanto a la falta de higiene después de darse una fiesta en su alcoba de alquiler, así como las insinuaciones recibidas en sus puestos de trabajo que van más allá de la carta habitual del servicio de habitaciones.

Estas son sus historias, en algunos casos con las identidades modificadas por cuestión de privacidad:

En búsqueda de jolgorio con el personal del hotel

Raúl, trabajador de un hotel de tres estrellas en Tenerife, me cuenta que en una ocasión acudió a recepción un cliente inglés a solicitar ayuda de mantenimiento porque su mujer se había quedado “atrapada” en la habitación. Sin entender muy bien cuál era la incidencia, Raúl le envió a un técnico del propio hotel, el mismo que arregla el ascensor o la cinta de correr del gimnasio, quien fue recibido por el huésped en la puerta con una cámara de video grabando su llegada como si fuese aquello el plató de Bangbros, hasta que, según cuenta Raúl, «se encontró a su mujer desnuda con el culo en pompa, rojo de haber sido azotado, y cada mano esposada a un lado del cabecero de hierro de la cama». El técnico, según comentó en su momento, no entendió si lo estaban animando a participar porque el inglés no paraba de decirle “come on!”, y él simplemente se limitó a ir a por una caja de herramientas para quitarle las esposas de las que, supuestamente, perdieron las llaves. La típica excusa de sado light trasnochado para principiantes. Concluye Raúl que «al volver, quizás con el mensaje captado, la chica ya estaba cubierta por la ropa de cama y, con su pericia y su herramienta, mi compañero logró liberarla de las esposas». Y parece que este tipo de invitaciones sexuales son más que habituales. Pedro, recepcionista de un hotel de cuatro estrellas de Madrid, recibió en una ocasión la solicitud de una clienta brasileña para que le ayudase con una luz de la habitación que no funcionaba, y a él le pareció una invitación sexual directa sin feliz final: «Me abrió la puerta semidesnuda, cubierta solamente con una mini toalla. Yo miré al techo y revisé lo de la luz como si no pasara nada».

La erótica de ser recepcionista

La predisposición a ayudarte en todo lo que necesites a veces se cumple, otras no. Tampoco es el caso de Ramón, recepcionista de un hotel de Barcelona, quien en sus inicios en la profesión se vio abordado por una mujer de unos cincuenta años alojada en el hotel con su marido. «Se acercó y me preguntó por una localidad de Tarragona, L'ampolla, que más bien parecía un juego de palabras, a la vez que se apoyó en el mostrador mostrando un escote que saltaba a la vista. Después me dijo que su marido había ido a un pueblo a ver a un familiar y que se iba a aburrir toda la mañana sola en la habitación, lo que pareció una indirecta sexual. Después me sentí gilipollas por no haberlo captado, pues quién sabe si en algún momento de la mañana hubiera subido a la habitación». Nadia, recepcionista de un hotel de Gerona, me comenta que no ha recibido ninguna insinuación sexual directa, pero «sí algún “¿quieres ir a cenar?”, si el despistado no ha visto mi alianza o ha decidido ignorarla», como el caso de un señor francés que se cabreó porque confundió su hotel, un "adults only" (lo que quiere decir que no se aceptan menores de 16 años), con un hotel para solteros, y una vez entendido el error, siguió el modus operandis de intentar conseguir una cita sin éxito. Raúl, el recepcionista de Tenerife, no pierde oportunidad si la ocasión lo merece cuando alguna clienta se interesa por él en su puesto de trabajo: «Cuando me lanzan insinuaciones preguntando por sitios para salir o directamente me preguntan a qué hora salgo y si quiero tomar algo, si me interesa, accedo una vez terminado mi trabajo, soy muy puntilloso con mi curro».

Sus condones, gracias

¿A quién no le ha pasado eso de ir a un hotel y darse cuenta de que ha olvidado llevar los preservativos de casa? Lo menos habitual es solicitar una caja al servicio de habitaciones. Pedro, el recepcionista del hotel de cuatro estrellas de Madrid, se ha visto en la tesitura de tener que ir a comprar preservativos para un cliente: «Me pasó con un habitual del hotel. Un viernes a media tarde tuvo un calentón con una mujer y tuvimos que ir a comprarle una caja de condones, con una importante propina de recompensa, porque le conocían en la farmacia demasiado bien y le daba pudor ir él mismo».

Juguetes de goma de todos los tamaños y colores

Se podría decir que con todos los dildos y juguetes sexuales que se encuentran las limpiadoras en las habitaciones de los hoteles, casi se podría montar una sexshop de segunda mano, si no fuese porque es un tipo de género que da bastante asco. Según me cuenta Pedro, «hace un par de años, una pareja de más de 70 años se alojó en la Junior Suite y en las labores de limpieza apareció un consolador de tamaño considerable de pie detrás de la cama, menos de veinticinco centímetros no tenía». Sobre este asunto de la juguetería erótica, me comenta María, quien compagina las labores de recepción con la limpieza en un hotel de Gijón, y quien también aprovecha para hacer una reivindicación higiénica importante, me confiesa que «hace tres o cuatro meses una pareja se dejó un dildo y unas esposas moradas, ¡y llamaron para venir a recogerlo! Y otros dejaron un plug anal que tiramos a la basura. ¿No os podéis dejar los cargadores de teléfono como todo el mundo?». Aplicable también a otro cliente, un elegante y refinado inglés de unos 60 años, que según me cuenta María, «estuvo casi 20 días y al hacerle la habitación siempre encontrábamos plugs anales, preservativos, fustas y artículos de BDSM. Traía a chicos muy jóvenes. Lo que siempre nos llamó la atención no era tanto su gusto por esas prácticas, sino que fuera tan marranete de dejarlo todo desperdigado».

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