En el recinto olímpico barcelonés, que lucía un casi lleno en las gradas, Miley Cyrus ha ofrecido una combinación de pop-rock efectista y el country que mamó en su Tennessee natal, de provocación y de efectos visuales.

Un centenar de seguidores acampaba a las puertas del Olímpico desde hacía una semana para poder captar en primera fila el sudor de su ídolo. Un sonido saturado y un griterío ensordecedor no ayudaron a que la potencia de la voz de la cantante norteamericana sobresaliera con nitidez durante buena parte de las más de dos horas que duró el concierto.

El concierto comenzó puntualmente y el grito fue unísono cuando ha aparecido en el fondo una fotografía gigante de Miley, de cuya boca ha asomado una lengua-tobogán por el que se ha deslizado la estrella.

Comer dinero, refrescar a sus fans con agua lanzada con su propia boca o llevar un vestido de billetes verdes, contonearse exhibiendo sus ingles sobre un coche, colocarse unas gafas con forma de hoja de marihuana, dejar escurrir agua por su canalillo o incluir a una bailarina enana fueron algunas de las excentricidades de la cantante.