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'Modelos de convivencia', por Elena Gijón

Ya no hay una sola forma adulta de estar en sociedad. Todo cabe en nuestra relación con los otros. Nos declaramos libres con vehemencia, veneramos la libertad y la reivindicamos. Sin embargo, esa es una realidad sólo para los adultos que se lo pueden permitir. No lo es para los hombres y mujeres a los que las circunstancias les vienen dadas, no lo es para los individuos de las sociedades menos tolerantes en las que sólo hay un modelo de convivencia, no lo es para los adolescentes que, convencidos de que la diferencia les individualiza, en realidad necesitan al grupo para reafirmarse. Y no lo es para los niños que precisan que les enseñen cómo comportarse en sociedad.

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Decía Aristóteles que el individuo es un ser social, que se desarrolla por oposición al otro, que necesita el diálogo para crecer intelectualmente y la colaboración para sobrevivir. Sin embargo, en una sociedad hiper individualizada como la nuestra, son muchos los que buscan la soledad ya sea por apartarse de un mundo excesivamente consumista, por la necesidad de contacto con la naturaleza o bien por encontrarse consigo mismos. Y sin embargo, en la mayoría de los casos, no renuncian a interaccionar con el mundo. Tienen internet como ventana al planeta o sus libros que les hacen imaginar historias que otros han vivido.

La sociedad nos da todas las facilidades del mundo para autoabastecernos hasta el punto de hacernos creer que no necesitamos a nadie, que somos entes autónomos capaces de sobrevivir en los hábitos cotidianos. Es cierto. Puede que no precisemos del prójimo para la rutina y las labores diarias. Pero sí demandamos del otro en el mundo de los sentimientos. Buscamos un hombro en el que llorar, alguien que nos haga una caricia, nos apoye cuando caemos o nos corrija cuando estamos equivocados. Y nosotros podemos hacer lo mismo por otros seres humanos. Porque relacionarse es vital para nuestro desarrollo como individuos. Nos vamos moldeando por oposición o por semejanza. Pero compartir hogar exige renuncias que, legítimamente, muchos no están dispuestos a asumir.

Ya no es extraño encontrar personas que reivindican su espacio individual en el día a día y que se plantean compartir la convivencia con una pareja a tiempo parcial. O aquellas otras que optan por vivir en soledad aunque recurran puntualmente a grupos sociales, familiares o de amigos. Ellos lo tienen más difícil para buscar referencias en el día a día, por encontrar seres humanos con los que interaccionar en las urgencias de la cotidianidad. Pero los hallan, porque es difícil ser una isla en medio del planeta.

En la vida adulta, no hay nada mejor ni peor. Incluso a veces, no hay elección posible. Pero imaginando que pudiéramos escoger qué modelo familiar preferimos, yo me inclino por aquellos con más de una persona: parejas del mismo o distinto sexo, con o sin hijos o monoparentales con hijos. Es la mejor escuela que conozco para hacernos tolerantes, aprender a dialogar y a ceder. La empresa no es fácil. Compartir espacios y tiempos con otro “yo” distinto a nosotros, con su propia individualidad, sus propios sueños, sus particulares ideas o creencias, exige de un esfuerzo de generosidad tal, que sólo se puede asumir desde el amor. Cuando queremos, aceptamos al otro tal y como es, le perdonamos, construimos desde la diferencia, buscamos consensos, respetamos y avanzamos. Con semejantes herramientas es más que probable que los adultos y los niños forjados en ese ambiente, sean elementos de progreso y convivencia en un mundo que no se lo va a poner nada fácil.

Elena Gijón | Madrid | 23/04/2018

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