TRAGEDIA AÉREA

TRAGEDIA AÉREA

Desvelamos el perfil psicológico del copiloto Andreas Lubitz

Pieza a pieza podemos recomponer el retrato de quien y como era Andreas Lubitz. Su sueño de volar empezó pilotando en planeadores sin motor en un pequeño club cercano a Montabaur su localidad natal.

Gracias a su experiencia previa pudo entrar fácilmente en Lufthansa. Para su entrenamiento, la compañía alemana le envía al Centro de formación ATCA, que Lufthansa tiene en Estados Unidos, a 20 km de Phoenix y que hoy luce así, con las banderas a media asta en recuerdo de la tragedia.

En Arizona, junto a pilotos de otras compañías como la KLM o de la fuerza aérea alemana, Lubitz desarrollo su aprendizaje. Pero los instructores americanos detectaron problemas en su capacidad mental, que le impedían, según ellos pilotar. Así, en 2008 es declarado como "no apto para volar" y recomiendan un seguimiento médico.

La calificación destroza el sueño de Lubizt, que según la  prensa alemana interrumpe su formación al sufrir un episodio de crisis nerviosa o depresión. Aunque meses después retorna a los estudios y obtiene su licencia de vuelo en 2010.

Sin embargo, la policía ha encontrado en su casa documentos que describen un trastorno de ansiedad generalizada y medicamentos antipsicóticos. Un hallazgo que encajaría con el retrato que de Lubitz hace una ex pareja. "Cada vez quedaba más en evidencia que su enfermedad le impidiese cumplir su sueño de volar como capitán". Son las palabras de Maria, una azafata de 26 años, que vivió un romance de 5 meses con el joven copiloto. Lo recuerda como un hombre tierno y atento, pero que se trasformaba al tocar temas laborales. Cuenta que "Cuando hablábamos, de repente se alteraba y me gritaba... yo tenía miedo... una vez me encerró en el baño durante mucho tiempo."

Además de los problemas psicológicos, estaba siendo tratado por un posible desprendimiento de retina ya que su visión habría disminuido un 30 por ciento. Información que también ocultó a la compañía. A la luz de los nuevos datos cobra inquietante sentido un pensamiento que el copiloto compartió con su ex pareja.

"Me dijo, algún día haré algo que cambiará todo el sistema. Un día, todos sabrán mi nombre y lo guardarán en la memoria", afirma. Cree que “estrelló el avión al darse cuenta de que jamás cumpliría su sueño de convertirse en comandante. Un sueño infantil que degeneró en obsesión y que acabó convertido en la peor pesadilla imaginable”.

Andreas Lubitz ocultó su enfermedad y su baja laboral por miedo a que perjudicasen la profesión que tanto le obsesionaba. A consecuencia de su trastorno, elaboró un plan premeditado y no dejó nada a la improvisación.

Según sus compañeros, los Alpes eran una fijación para él.  Sobre todo, después de que Andreas Lubitz hubiera pasado por una depresión severa hace 7 años.

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