Todo comenzaba a las 14:23 horas. En la grabación de cabina registrada en la caja negra se oye: "¿Fallo de motor?. Vuélalo, me cago en la mar, vuélalo". Era el grito desesperado del piloto. El JK5022 con destino a Las Palmas cae pocos segundos después de despegar de Barajas. Una columna de humo es la primera pista de que algo grave ha sucedido.

"Tardaron en atendernos cuarenta minutos, había gente desangrándose, hubo gente que murió al lado mío", recuerda cinco años después Rafael Vidal.

Los bomberos del aeropuerto confirmaban que entre los restos del avión había supervivientes. "Por favor, necesitamos mucha ayuda porque hay mucha gente completamente perdida entre el fuego, no puedo utilizar chorros, voy a empezar con mangueras porque la gente está entre los hierros", se oye a un bombero en las grabaciones de la torre de control de Barajas.

"Yo no podía moverme porque tenía fracturada la columna, ambas piernas, un brazo, el tórax y la cara, pero había personas moviéndose y caminando, tratando de buscar ayuda y fueron momentos terribles", recuerda ahora María Loreto González, superviviente del accidente y madre de una víctima mortal.

Pero, ¿qué ha ocurrido para llegar a esto?  Antes del despegue, el avión había regresado a la base porque la sonda de temperatura exterior se había calentado cuando no debía hacerlo. Los técnicos de mantenimiento bromean con una azafata. "Dame hielo y unos cacahuetes, es broma, es para enfriar la sonda".

Los técnicos desconectan el relé que activa esa sonda pero es también el que permite funcionar la alarma que avisa si la configuración del avión no es la correcta para el despegue. La tragedia está servida. Los pilotos olvidan desplegar los alerones que ayudan al despegue. El avión cae tras volar unos metros. A bordo viajaban 162 pasajeros y 10 tripulantes. Mueren 154 personas, entre ellas 17 niños y dos bebés.

"Dos meses después del accidente, cuando salí de cuidados intensivos y recuperé la conciencia, me dijeron que mi hija no iba a volver", rememora María Loreto González, recordando a su hija fallecida en el siniestro.

Aquel 20 de agosto de 2008 los pabellones del IFEMA se convierten, por segunda vez, en un enorme tanatorio.

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