En un pequeño supermercado instala cámaras de seguridad para intentar saber por qué no cuadraban las cuentas. Pronto se descubrió el pastel.
Una familia de etnia gitana se dedicaba a robar hasta 1.000 euros al mes, en productos de alimentación en el establecimiento de Capellanas. Los dueños tenían la mosca detrás de la oreja, que abrieron el local en septiembre.
Desde el principio se dieron cuenta que algo raro pasaba. A los pocos días de instalar las cámaras, los miembros de una misma familia se dedicaban a robar todo tipo de productos.
Desde pequeños paquetes hasta un jamón. Conseguían meterlo en el bolso o adosarlo al cuerpo. Una vez registrado por la videovigilancia, los propietarios denunciaron el caso ante las autoridades y resultó que los autores de hurtos eran viejos conocidos de la policía.
A partir de ahí se hizo un seguimiento. Los hechos tenían que ver con un negocio que tenía la familia, "amiga de lo ajeno". Finalmente se descubrió que todos se dedicaban al robo por encargo para posteriormente, venderlo en un "chiringuito organizado y clandestino" para distribuir cualquier tipo de productos, "dentífricos, alimentos, productos de limpieza".

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