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LAS ENCUESTAS ESTÁN EMPATADAS

Reino Unido decide este jueves si su futuro se construye dentro de la UE

Además de el futuro británico, el mismo proyecto comunitario podría sufrir consecuencias imprevisibles si la segunda economía del continente apuesta por adentrarse en una travesía de salida sin retorno y sobre la que no hay precedentes.

Tras semanas de enconada campaña, 'Stronger In' (Más Fuertes Dentro) y 'Vote Leave' (Vota Abandonar) han aprovechado la última jornada para intentar convencer a los indecisos con las principales armas de las que se han valido para decantar la votación a su favor: la conveniencia económica de continuar y el carácter irreversible del 'Brexit' por parte de los defensores de la permanencia; y la recuperación de la soberanía y del control de fronteras con el 'Día de la Independencia' prometido por los partidarios del divorcio.

El empate técnico que prácticamente había dominado las encuestas desde que el primer ministro, David Cameron, cerrase en febrero el acuerdo para renovar el estatus británico en Bruselas se ha mantenido hasta el final, si bien la opción de la permanencia ha registrado un cierto repunte desde el salvaje asesinato de la diputada laborista Jo Cox el pasado jueves, un crimen de motivación política que podría haber desequilibrado la balanza. No obstante, ante lo ajustado de los sondeos, el veredicto dependerá en gran medida de los indecisos y notablemente de la participación.

El bando a favor de la UE es consciente de que una baja concurrencia supone una de sus principales amenazas, por lo que está a expensas de la movilización ciudadana. Será fundamental que quienes habitualmente se implican en las generales, pero no en las europeas, acudan a los colegios este jueves.

El electorado deberá resolver una compleja disyuntiva sobre la identidad misma de Reino Unido y el lugar que aspira a ocupar en el orden internacional de este arranque de milenio. La última vez que tuvo la oportunidad de decidir en la correosa cuestión europea fue en 1975, cuando aceptó la entrada en el Mercado Común al que el país se había incorporado dos años antes.

Transcurridos 41 años, la única coincidencia entre el bando a favor de la permanencia y el frente que aboga por el 'brexit' es que este nuevo plebiscito constituye una de las decisiones más trascendentales que Reino Unido jamás ha afrontado como país.

Además de su futuro en la UE, su dictamen marcará el legado de Cameron y su permanencia en Downing Street: independientemente del veredicto final, Cameron pasará a la historia como el 'premier' que zanjó la siempre complicada relación con Bruselas.

Así, el peso de una fijación que ha dominado a la derecha británica en las últimas décadas resultó excesivo para un líder que acabó cediendo a las presiones internas. Su envite, con todo, va más allá del territorio doméstico, puesto que, de triunfar la permanencia, además de modificar el vínculo con Bruselas, se habrá obligado a toda una UE a abdicar de sus principios fundamentales para acomodar al miembro más receloso.

En consecuencia, además de la composición misma de un grupo de Veintiocho, el plebiscito demostrará si la claudicación a escala comunitaria ha valido la pena, puesto que las concesiones no garantizan que Londres permanezca en el club. Al respecto, el desafío de ambos bandos durante la campaña ha supuesto mantener su granero natural y convencer a los indecisos, un contingente sobre el que descansa el juicio final de mañana.

El problema para la permanencia es que si la ciudadanía ya sentía una profunda desafección por la maquinaria comunitaria, los tecnicismos del acuerdo que Cameron había traído de Bruselas, con "lo mejor de los dos mundos", han quedado desdibujados en una campaña en la que los partidarios de la continuidad se han enrocado en complejas estadísticas de complicada digestión a pie de calle.

Las apelaciones de la última jornada de campaña, por tanto, han invocado a conceptos de difícil contraste y elevado valor patriótico, como qué opción asegura la prosperidad o cuál garantiza una mejor seguridad en un contexto de alta inestabilidad global. Consciente de que el plebiscito podría derivar en un voto de confianza al gobierno, el primer ministro había avanzado que si triunfaba la apuesta por abandonar, no dimitiría, pero el desafío es notable para quien no ha sido capaz de persuadir a su propio partido. De consumarse la salida, de hecho, no hallará mayor responsable que él mismo, puesto que más que por un clamor social, el catalizador del referéndum fue la olla a presión en la que la porfía comunitaria había convertido a los conservadores.

Las desacreditaciones durante la campaña han sido una constante y la guerra de cifras no ha hecho más que confundir a una ciudadanía que irá a votar sin saber qué implicaciones generaría una de las casillas de respuesta a la pregunta '*Debería Reino Unido permanecer en la Unión Europea, o abandonar la Unión Europea?', puesto que la única certidumbre ante una potencial 'brexit' es que, de abandonar, la decisión no tendría marcha atrás.

Además, según la mayoría de líderes comunitarios, podría generar un efecto dominó entre otros integrantes de los Veintiocho y un peligroso auge del populismo. Para Londres, por su parte, la ruptura implicaría inevitablemente una espinosa negociación, sobre todo por la vulnerable posición del Gobierno. Es complicado que David Cameron saliese indemne, no sólo por cómo la campaña ha menoscabado su liderato, sino porque su legitimidad quedaría mortalmente dañada si el electorado ignora su consejo.

En consecuencia, junto a la resolución de una profunda crisis política en casa, una potencial nueva administración tendría que resolver un proceso sobre el que no hay precedentes y, por si fuera poco, con socios que difícilmente mostrarán empatía hacia quien ha decidido abandonar, a pesar de los compromisos que tanto costaron en febrero y que garantizarían para Reino Unido el ansiado estatus de verso libre de una Europa cada vez más cohesionada.

Los plazos, a priori, están marcados, si bien los dos años establecidos en la normativa comunitaria podrían ampliarse siempre que lo autoricen los otros veintisiete socios. Expertos en Derecho europeo creen que, dada la complejidad, las negociaciones podrían llevar hasta una década y los propios defensores del divorcio asumen que, como mínimo, serían necesarios cuatro años. Por el contrario, la victoria de la permanencia en la Unión Europea supondría también una nueva era, puesto que el bloque se ha comprometido a garantizar un estatus especial para Reino Unido, garantizando su exención de la paulatina integración comunitaria y la posibilidad de limitar los derechos de los ciudadanos comunitarios.

Sin embargo, es difícil prever que cualquier resultado sea aplastante, lo que complicará aún más el cierre de las heridas de la campaña. Por ello, la estrategia de Downing Street en las jornadas posteriores al referéndum será crucial para evitar que los acontecimientos se precipiten con un desafío abierto al liderazgo. Una de las claves pasaría por una remodelación que permita reconciliar a las partes y enterrar un hacha de guerra capaz de escindir a la derecha británica.

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