EL MÓNOLOGO DE ALSINA

EL MÓNOLOGO DE ALSINA

'La Espe', uno de los liderazgos más carismáticos de la política

Carlos Alsina habla en su monólogo de 'La Brújula' sobre Esperanza Aguirre: "Cuando Aznar consiguió ganarle a Felipe, formó su primer gobierno y eligió como ministra de Educación y Cultura a una concejala del ayuntamiento de Madrid que aún tenía, por entonces, voz de pito".

Carlos Alsina. Temporada 2012/2013
Carlos Alsina. Temporada 2012/2013 | ondacero.es

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"Les voy a decir una cosa. Nunca fue verdad (no consta en grabación alguna) que confundiera al Nobel Saramago con una señora llamada Sara y apellidada Mago, pero tampoco Sherlock Holmes dijo nunca “Elemental, querido Watson” y medio mundo acabó conociéndole sólo por eso. La leyenda urbana de Sara Mago, como la de Ricky Martin y la niña de la mermelada, corrió como la pólvora en la España de mediados de los noventa, cuando Aznar consiguió ganarle a Felipe, formó su primer gobierno y eligió como ministra de Educación y Cultura a una concejala del ayuntamiento de Madrid que aún tenía, por entonces, voz de pito.

(...) De aquellos años quedó la costumbre de referirse a ella como Espe, o la Espe. Nadie hablaba de ella, aún, como Aguirre. Eso llegaría después, cuando su evolución política la llevó a definir y consolidar un perfil propio que se reveló polémico pero eficacísimo en las urnas, el de la ultraliberal (más de discurso que de ejecutoria) que aspiraba a encarnar la derecha sin complejos y, a menudo también, populista.

Espe empezó a ser Aguirre en 2003, cuando Aznar,contra pronóstico, le encargó a Gallardón disputar la alcaldía de Madrid y le encomendó a ella la batalla autonómica. Espe no hubiera llegado a convertirse en lo que luego fue Aguirre de no ser por Balbás y la traición interna que rompió para siempre a Simancas, el tamayazo que dejó k.o. a los socialistas madrileños (aún están en fase de reencontrarse a sí mismos) y que aupó a Esperanza Aguirre a la presidencia regional.

Fue entonces cuando tomó la decisión que le permitiría construir, después, uno de los liderazgos más carismáticos (y polémicos, amada y odiada) que ha contemplado la política española: convocar nuevas elecciones y jugarse la presidencia en las urnas.

El PSOE se lo jugó todo a una carta: persuadir a los electores de que a los dos diputados traidores los había untado el PP, el ruido de cheques que decía escuchar José Blanco. Aguirre ganó con mayoría absoluta y ya no dejaría de hacerlo hasta el día de su retirada. Sus adversarios políticos, fuera y dentro del partido, la convirtieron en figura icónica, paradigma de la derecha más dura y la doctrina económica menos social y más amarga.

Lo hicieron para restarle apoyos, pero, en realidad, le hicieron el juego contribuyendo a convertirla en lideresa, la Thatcher madrileña e inconfundible. Ella lo disfrutó. Disfrutó de la etiqueta, disfrutó de la controversia y disfrutó, sobre todo, del poder.

Pocos dirigentes políticos son capaces de admitir que el desempeño del poder les divierte, que les pone; nada del peso de la púrpura y demás topicazos políticamente correctos; mandar es reconfortante, torpedear al adversario es un juego adictivo. Aguirre nunca ha ocultado el placer que le produce ganar y el disgusto que provoca perder. Alimentó esta imagen suya de mujer echada p’alante que sólo saber dar pasos al frente, pero su deriva política de los últimos años (incluido seguramente esto de hoy) tiene origen en un paso que no fue al frente sino atrás.

(...) Fue ahí donde la lideresa empezó a transformarse en aquello que con cierta guasa ella siempre dijo de Gallardón, que le gustaba jugar a ser el verso suelto. Aguirre se convirtió en el verso suelto de Rajoy; el PP madrileño, en su castillo. Si Henry Paulson, ministro de Economía de George Bush hijo, no hubiera dejado caer a Lehman Brothers aquel mismo año, tal vez la crisis económica no habría llegado a castigar a España con la ferocidad con lo que luego lo hizo, tal vez Rodríguez Zapatero no habría acabado reducido a la viva imagen de un fiasco.

Tal vez Rajoy no habría tenido el viento a favor y no habría acabado alcanzando la Moncloa a lomos de una mayoría absoluta que en absoluto alteró ni su preparación ni su carisma, y sólo entonces “tal vez” Esperanza Aguirre, excluida del entorno del presidente, nunca contemplada por éste como posible ministra ni como posible nada, habría podido tener alguna posibilidad de que volvieran a poner los ojos en ella, de emerger como alternativa a un liderazgo decepcionante.

Pero Paulson dejó caer Lehman Brothers, la crisis financiera sacudió Europa, Zapatero se desplomó y Rajoy llegó a la Moncloa. El único horizonte político que quedó para Aguirre fue el de la permanencia, perpetuarse como presidenta de Madrid en un cargo que hacía tiempo que había dejado de entusiasmarle.

Ya en primavera de 2011, cuando se avecinaban elecciones autonómicas, hubo rumores en Madrid de que Espe no repetiría. Se decía que consideraba cubierta una etapa y que problemas de salud y complicaciones familiares pesaban de manera creciente en su ánimo. Con todo, se acabó presentando. Y como hacen los candidatos, se presentó para cuatro años. Hoy ha dicho que se va, del cargo y de la primera línea de la política (la segunda nadie sabe cuál es, o a nadie, en realidad, le importa).

En Madrid este partido gana de calle al PSOE, pero en las próximas municipales ya no estará Gallardón y en las próximas autonómicas ya no estará Aguirre. En las filas de enfrente, tendrán que cambiar de lema los que le gritaban “Espe, muérete” y tendrá que actualizar su repertorio Tomás Gómez.

Y por cierto, qué mala suerte tiene Rubalcaba. Este lunes que acude a la televisión pública para ser entrevistado en las mismas condiciones que el presidente del gobierno, hoy que tenía al alcance de la mano asomar la cabeza para alcanzar eso que tanto echa de menos el líder socialista, notoriedad, ser visible, que se le escuche, va la Espey abandona. En las primeras páginas de mañana, Rubalcaba (una vez más) se ha quedado sin hueco.'

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