Érase una vez una selección que perdía siempre. El árbitro, la mala suerte y los pérfidos rivales, no había manera. Nuestras pocas imágenes gloriosas eran en blanco y negro, el gol de Zarra y el de Marcelino.
Pero de repente cambió el cuento. Un druida viejo y sabio, Luis Aragonés, encontró la receta, la imaginación al poder, que jueguen los artistas. En 2008 ganamos la Eurocopa y se desató la euforia, pero fue sólo el principio.
Del manteo de sus jugadores a Luis en Viena, al manteo a Del Bosque en Johannesburgo han pasado dos años casi perfectos en los que España ha ganado 32 partidos de 36. El Mundial supuso la victoria de un estilo, de una estética, de un gusto por fútbol limpio y bien jugado. El bendito gol de Iniesta provocó un éxtasis colectivo y le inyectó al país entero una muy oportuna dosis de autoestima.
Ese es el principal mérito de la selección, no sólo ganar, es el cómo lo ha hecho. Un grupo sano, mandado por un apóstol de la naturalidad como Del Bosque, y heterogéneo, con jugadores de once comunidades autónomas, se ha convertido quizá en el mejor relaciones públicas que tiene España para ir por el mundo. Seguro que el cuento de hadas se acabará algún día, disfrutémoslo mientras dura.