Un desnudo sensual y revolucionario

Un desnudo sensual y revolucionario

La 'Odalisca' de Ingres, el cuadro que escandalizó a Francia, está ya en El Prado

'La gran odalisca' ha abandonado excepcionalmente el Louvre y cuelga ya en las paredes del Museo del Prado, donde forma parte de la primera exposición que se dedique en España al maestro francés Jean-Auguste Dominique Ingres. La pintura, que muestra el cuerpo voluptuoso y sensual de una mujer que habita en un harén, revolucionó el arte de su época.

Carlos Giménez Navarro, conservador del Prado, especializado en el siglo XIX, realiza una mirada minuciosa sobre 'La gran odalisca', considerada un ejemplo de sensualidad en el arte. Representa a una mujer que vive en un harén. Su cuerpo, voluptuoso y sensual, revolucionó el arte de su época. En opinión de Giménez Navarro, esta pintura es uno de los grandes y singulares desnudos de la historia del arte. "Se diferencia de otros desnudos que se conservan en el Museo del Prado en que en esta obra no hay argumento que justifique el desnudo, solo hay pura sensualidad", explica.

La obra fue encargada por el matrimonio Murat, Carolina Bonaparte y Joaquín Murat, y formaba parte de una pareja junto con 'La bella durmiente', obra desaparecida. Ambas pinturas colgaban de las paredes de su dormitorio, en un palacio de Nápoles. El propio Ingres, tras recuperar la obra, la presentó en el Salón de París de 1819, donde la crítica la recibió como una pintura obscena, además de tener escasa expresión anatómica del cuerpo.

"La obra suscitó estudios de todo tipo, como el que señaló que tenía tres vertebras de más. El debate resultó tan intenso que el propio rey Luis XVIII acudió al Salón y afirmó que lo único imperfecto de la pintura era la forma en que Ingres había conjugado el verbo pintar en su firma", describe. "Es una obra muy importante tanto por su valor artístico como por su ideario, ya que se ha convertido en ejemplo de la belleza y en elemento iconográfico de ideales reivindicativos como el feminista", añade.

El Rey intentó comprar la pintura que acabó en manos de un riquísimo banquero. Posteriormente pasó a varias colecciones francesas, hasta que a finales del XIX la adquirió el Museo del Louvre. Abandonó este museo en dos ocasiones con motivo de la primera y segunda Guerra Mundial, y a partir de entonces solo en cuatro ocasiones para formar parte de grandes exposiciones.

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