EN LIBRERÍAS EL 27 DE NOVIEMBRE

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Jesús Ulled retrata en 'Mitad payo, mitad gitano', la historia del fotógrafo Jacques Leonard

Aventurero, fotógrafo, cineasta, escritor, artesano y amante del pueblo gitano, Jacques Leonard se enamoró de Barcelona y allí se instaló. Su biógrafo Jesús Ulled, rememora a este gran fotógrafo francés que retrató a los gitanos por todo el mundo en su novela 'Mitad payo, mitad gitano'.

Por una serie de circunstancias fortuitas, Jesús Ulled conoció a Santi Leonard, hijo de nuestro personaje, que le hizo llegar un manuscrito que había dejado su padre. Estas pocas páginas autobiográficas tan fascinantes han sido el germen de 'Mitad payo, mitad gitano', la novela de una vida.

Jacques Leonard fue un hombre que nació en el seno de una atípica y acomodada familia parisina, creció envuelto en el temor de la Gran Guerra, se educó entre caballos y criadores gitanos y se convirtió en un hombre viajando por Europa, ya fuera tras su primer amor o tras una empresa económica.

"La vida del pequeño Leonard empezaba además en un marco envidiable, en plena campiña, en la finca que su padre poseía en las afueras de Maisons-Laffitte, una población de l'Île de France, que formaba, junto con Enghien y Chambéry, lo que podríamos llamar el "cinturón ecuestre de París".

De París a Madrid, y de ahí a Australia. Leonard vivió la explosión de las Artes en la convulsa Europa bélica para terminar con su gran pasión, la fotografía, y regresando a sus orígenes, a la vida gitana.

El Chac, como le llamaba su segunda mujer y su gran amor, Rosario Amaya, se convirtió en los ojos de la Barcelona calé, en la voz artística de la pasión y el espíritu del pueblo gitano y en el símbolo de una sociedad cambiante, que hizo frente a una revolución: ¿Había llegado el momento de abandonar los poblados y asimilarse con el resto de ciudadanos?

"A medida que sabía más de Rosario, mayor era el interés de Jacques por conocerla y tratarla, deseoso de aclararse a sí mismo los sentimientos que despertaba en él aquella mujer. Era consciente de que le impresionaba su belleza, pero al mismo tiempo había en Rosario algo que la hacía distinta de todas las mujeres que había conocido, y de que la atracción que sentía por ella iba más allá de lo puramente físico. Se indignaba consigo mismo cada vez que la veía pasar sin atreverse a abordarla, así que un mediodía se armó de valor y se acercó a saludarla. —Hola, Rosario, ¿te acuerdas de mí? —Claro que me acuerdo. Eres el payo de Montjuïc que quería conocerme y luego se quedó pasmao".

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