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Viaje al interior de una tormenta de verano

Una expedición científica se sumerge en nubes de lluvias torrenciales y tormentas eléctricas para intentar mejorar las deficientes predicciones de inundaciones.

El avión británico FAAM BAe 146, con tecnología de última generación.
El avión británico FAAM BAe 146, con tecnología de última generación. | FAAM

Existe un británico que, después de meses viviendo bajo nubarrones, se ha puesto de mal humor porque en julio ha salido el sol. Es Alan Blyth, profesor de ciencias atmosféricas de la Universidad de Leeds.

Mientras millones de sus compatriotas escapan del país en busca del sol de las playas del sur de Europa, el plan de Blyth para las próximas semanas es meterse en un avión y viajar al interior de las tormentas de verano, allí donde las masas de aire se retuercen a una endiablada velocidad de 16 metros por segundo.

Las nubes son, básicamente, vapor de agua condensado sobre minúsculas partículas de polvo, sal marina y contaminación. Blyth y sus colegas saben que en su interior se forman partículas de hielo, que al derretirse de golpe pueden generar peligrosas lluvias torrenciales.

Sin embargo, sorprendentemente a estas alturas, los científicos no saben exactamente cómo nacen las partículas de hielo dentro de una nube ni cómo ese hielo se transforma de repente en un diluvio.

El equipo de Blyth va a intentar este verano tapar ese agujero en el conocimiento para mejorar las predicciones meteorológicas. Hay vidas y mucho dinero en juego.

En 2007, en lo que algunos medios de comunicación denominaron “el Katrina británico”, las lluvias torrenciales mataron a 13 personas en Reino Unido. Unas 50.000 casas fueron afectadas por las inundaciones. La factura alcanzó los 3.700 millones de euros, según la Agencia de Medio Ambiente de Reino Unido, que pidió más investigación para minimizar el riesgo de inundación.

Cazadores de nubes
Seis años después, durante estos meses de julio y agosto, el grupo de Blyth subirá a bordo de un avión que, pese a ir a una velocidad de 320 kilómetros por hora, es capaz de analizar si una partícula más pequeña que un grano de arroz es sólida o líquida.

Sus hallazgos, señalan los investigadores, permitirán mejorar uno de los modelos predictivos del servicio meteorológico británico, capaz de alertar de posibles episodios de tiempo peligroso en zonas de sólo 1,5 kilómetros cuadrados. La gran pregunta ahora es: ¿cuánta lluvia va a soltar una nube?

El proyecto, bautizado COPE (acrónimo en inglés de Experimento de Precipitación Convectiva), peinará el suroeste de Inglaterra con el avión británico FAAM BAe 146, de última generación, y con el King Air de la Universidad de Wyoming (EEUU), “el abuelo de los aviones de física de las nubes”, en palabras de los investigadores.

Un tercer avión tomará muestras del aire debajo de las nubes. Desde el suelo, un radar escrutará los cielos. El objetivo es encontrar los primeros cristales de hielo minúsculos que se forman en una nube repleta de gotas de agua.

“La velocidad de exploración del radar en tierra y la combinación de los instrumentos de la aeronave hacen que este proyecto sea bastante único”, explica Blyth. Por primera vez con tan alto nivel de precisión, asegura su equipo en la revista Planet Earth, los científicos podrán estudiar la formación y el crecimiento de las partículas que producen la lluvia, a la vez que investigan los movimientos de aire dentro y alrededor de una nube.

De momento, su único vuelo tuvo lugar el 18 de julio, como explica el meteorólogo Colin Tully en el blog del proyecto. Desde entonces, los científicos han sufrido el buen tiempo del suroeste de Inglaterra, a la espera de ver formarse en el cielo un cumulonimbo, un tipo de nube que suele producir lluvias intensas y tormentas eléctricas.

Tormenta, por fin
“El vuelo no es en absoluto peligroso”, tranquiliza Blyth. “Hay un radar en la parte delantera del avión que guía a los pilotos para evitar las nubes que contienen partículas demasiado grandes”, explica. Cuando estas partículas alcanzan uno o dos milímetros, la aeronave abandona la misión y el radar en tierra toma el relevo.

El químico Alejandro Lomas, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología, aplaude los objetivos del proyecto COPE. “La microfísica de las nubes es difícil de estudiar y de reproducir en un laboratorio”, argumenta Lomas, ajeno al proyecto. “Y es cierto que la predicción de la intensidad de precipitación es una asignatura pendiente”.

Mientras tanto, los científicos del proyecto dan hoy la bienvenida a las nubes. “Los últimos días han seguido más o menos la tendencia de este mes de julio, calor y sol. Sin embargo, nuestra suerte puede cambiar en los próximos días, para disgusto de algunos lugareños, porque se pronostican lluvias para mañana”, escribía ayer Tully en el blog. Hoy toca viajar al interior de una tormenta de verano.

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