Aunque no son delincuentes habituales, son capaces de cometer el peor de los crímenes: asesinar a sus propios hijos. En los últimos dos años, 40 menores murieron a manos de sus padres.
El último caso es el del pasado mes de julio en Vecindario, Gran Canaria. Francisco Javier asestó tres puñaladas a su hijo de 11 años. Con el cadáver del pequeño en el coche, incendió el vehículo frente a la casa de su mujer. Se habían separado y la avisó para que fuera testigo de su venganza.
La parricida de Valladolid mató a sus dos hijos, María y Jairo, de 9 y 11 años. Les administró tranquilizantes y luego los asfixió.
La mayoría tienen un denominador común. Están en proceso de separación y matar a sus hijos supone un ataque directo a su pareja. Otros consideran a sus hijos una carga para comenzar una nueva vida.
Mónica mató a su hijo y escondió su cuerpo en una maleta. Ocultó el asesinato durante dos años, haciendo creer a su familia que el niño seguía vivo.
Francisca lloraba en el entierro de sus hijos justo antes de que la detuvieran por estrangularlos. Como en la mayoría de los casos, ella misma había denunciado los hechos.
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