Honestidad y honradez. Son quizá los mejores adjetivos que definen a Gregory Peck, tanto dentro como fuera de la gran pantalla. Todo un caballero del cine que murió en un mes de junio de 2003, el día 12, en su residencia de Los Ángeles, a los 87 años.
Había nacido en California, en La Jolla, en 1916. Vivió con sus abuelos tras el divorcio de sus padres y pasó un tiempo en una Academia Militar que le enseñó -solía decir- la importancia de la autoridad.
Tras estudiar Medicina en Berkeley, siguió sus auténticas vocaciones: la literatura y el teatro.
Debutó como actor en un teatro de Broadway en 1942. Su honestidad y su arte, junto a su agraciado físico, le permitió destacar desde su debut con 'Días de gloria', al que seguirían grandes títulos como 'Duelo al sol', 'The Yearling' o 'Keys of the Kingdom'.
Pero la obra maestra que le dio el Oscar fue 'Matar a un ruiseñor', un trabajo que hizo con un profundo sentimiento a favor de la igualdad racial. Su papel como el abogado Atticus Finch le valió ser considerado como 'el mejor héroe de Hollywood'.
Su vida personal siguió el mismo camino de honradez que su paso por la gran pantalla, y estuvo al frente de numerosas obras de caridad y movimientos políticos.
De hecho, al público le costó siempre verle como un malvado. A pesar de su talento, era difícil encajarle en la piel de personajes perversos como el de 'Duelo al sol' o el del médico nazi Joseph Mengele en 'Los niños del Brasil'.
Los últimos años de su vida los dedicó a pasar tiempo con su segunda esposa, Veronique, y con sus hijos y nietos, y a fomentar vocaciones artísticas. Recorrió Estados Unidos visitando pequeños teatros y centros universitarios en los que ofrecía charlas de sus experiencias como padre, actor y estrella de Hollywood.
Un portavoz de la familia dejó un excelente titular sobre su muerte: "Murió con la misma dignidad con la que había vivido".
Gregory Peck
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