Eran las nueve menos diez de la mañana. Hora punta en el metro de Londres. La normalidad de la jornada se rompe con la explosión de tres bombas, en un mes de julio de 2005. Era el día 7. Una cuarta bomba explotaría a las diez menos diez en un autobús. La ciudad se paralizó.
En los ataques murieron cincuenta y seis personas, y setecientas resultaron heridas. Fueron los actos terroristas más sangrientos en el Reino Unido desde el atentado de Lockerbie, en Escocia, en 1988.
Los investigadores de la Policía identificaron a cuatro hombres que, según ellos, fueron los terroristas suicidas. Fue el segundo atentado suicida en Europa Occidental con la presencia de civiles inocentes tras el 11-M en Madrid, y se piensa que fueron planeados por organizaciones paramilitares islamistas con sede en el Reino Unido.
La organización terrorista Al Qaeda asumió la responsabilidad.
Los atentados tuvieron lugar cuando en el Reino Unido se celebraba la 31 Cumbre del G-8 y un día después de que Londres fuera elegida sede de los Juegos Olímpicos del 2012. También dos días después del comienzo del juicio del imán fundamentalista Abu Hamza, y poco después de que Gran Bretaña hubiera asumido la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea.
Pocos días después, el 21 de julio, una segunda serie de cuatro explosiones se repitió en el metro y en un autobús de Londres. Pero esta vez sólo explotaron los detonadores de las bombas y los cuatro terroristas no llegaron a inmolarse.
No hubo víctimas mortales, y los terroristas fueron arrestados por la policía.
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