Les dejaron abrazar a sus bebés y que les alimentaran, días después les dijeron que habían muerto. Josefa y Antonio eran invidentes. En 1952 nació su primera hija en el hospital malagueño de Antequera. La joven madre tuvo a su bebé con ella hasta que al segundo día, alguien literalmente se lo arrancó mientras le daba el pecho.
“La niña, al quitarle el pecho, salió llorando. Cuando al rato se la volvieron a llevar le dijeron a mi madre `no la toques que viene dormida´, pero mi madre empezó a toquetearla y estaba fría, fría. Empezó a gritar, se llevaron a la niña y hasta el momento”.
La hija de Josefa no ha encontrado ningún documento de aquella criatura. Nada. Sólo sabe, por la voz, que fue una mujer la que se llevó a su hermana. Juliana, invidente también, no supo nunca qué pasó con su primer hijo al que alumbró en la casa de la madre de Cáceres en 1956. Día y medio después le anunciaron la muerte del crío. 14 meses más tarde paría otro varón de más de cuatro kilos en la misma maternidad.
“Decía que debía ser muy bonito su niño porque andaban continuamente con él por los pasillos enseñándoselo a uno y a otro. Claro, yo ahora sabiendo esto pienso que lo que andaban haciendo con el niño era el negocio”.
A los cuatro días supuestamente también murió ese segundo niño. Ninguno de los dos bebés figura en los registros. Es como si no hubieran existido. Tanto Josefa, como Juliana creyeron hasta su último día que sus hijos fueron robados porque ninguna de las dos podría nunca señalar a los culpables.
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