Análisis

Saints Row: The Third

Todo un viaje hacia la locura más desenfrenado en la tercera entrega de un juego que muchos ni siquiera llegaron a conocer.

Video: Defcon Play

Víctor Sánchez  |  Madrid  | Actualizado el 28/11/2011 a las 21:18 horas

En la época en la que Rockstar se comía el mercado con la secuelas de GTA III, sobre todo con el súper ventas San Andreas, un pequeño estudio, auspiciado por THQ, lanzaba al mercado una pequeña parodia sobre el éxito de aquellos juegos. Sin embargo, el propio sentido de la exageración de San Andreas y, en parte, la sutileza de aquella parodia, que bien podía ser confundida con una simple copia, según quién mirase, hicieron que la intención se confundiese.
El caso es que Saints Row se quedó en nada. En una pequeña broma que a nadie llegó a interesar. Y, curiosamente, THQ dio luz verde a una secuela. Que, como era de esperar, cayó en el olvido.
Aquí suelen acabarse estas historias. Dos títulos de resultados moderados y que no aportan demasiado nuevo al mundo son más que suficientes como para que cualquier estudio decida si continuar o no en el negocio, ¿verdad?
Pues THQ decidió tirar hacia delante con una tercera parte. Una noticia que pareció no interesar demasiado a nadie hasta que aquel juego comenzó a dejarse ver por el planeta videojuegos. Los primeros vídeos que se vieron de este nuevo juego daban a entender que algo había cambiado. Al principio, el cambio era puramente estético. El juego que ahora veíamos no era el homenaje a las bandas hip-hoperas de San Andreas y los primeros Saints Row. Ahora se veían cosas raras: luchadores mejicanos, asesinos con americana y bandas de hackers armados con herramientas informáticas.

El atropello de chistes y de momentos locos hacen que el juego resulte caótico

Como decimos, ya comenzó a picar la curiosidad... Pero, con un poco de dudad. Poco a poco, se destapó el verdadero sentido del juego. No, no teníamos un juego normal en previsión, era algo más. Una absoluta locura que, con cada nuevo vídeo, demostraba sentar de nuevo las bases en lo que a locura se refiere.
Y, en ese momento, llegamos a la actualidad, al momento en el que Saints Row deja de ser una locura que, cada vez más, apetece probar, a una realidad contrastada.
Efectivamente, el nivel de Saints Row: The Third, sigue estando muy al límite. Por otro lado, la jugabilidad y el diseño del juego, desde el punto de vista más arquitectónico posible, es bastante ajustadito. En general, todo en el juego no anda demasiado sobrado. Pero, nadie esperaba una revolución técnica de esta tercera entrega. Ahora bien, lo que sí que tenemos es un juego realmente divertido, una auténtica locura hecha al servicio de la locura y de la diversión y en la que podemos encontrar absolutamente todo lo que podamos imaginarnos y mucho de lo que jamás se nos habría ocurrido.
El juego se pone al servicio del despropósito, del exceso, del surrealismo y de la irreverencia más exagerada. Cuando pienses que las cosas no pueden ir más lejos, te irás al ciberespacio. Y cuando pienses que ya has llegado todo lo más lejos que puedes llegar en un sandbox, verás como en Saints Row no existen fronteras claras.
Ahora bien, lo cierto es que para crear tanta locura, se han olvidado un poco de crear un hilo argumental sólido. Nada tiene sentido, desde el mismo comienzo de la partida. Todo ello hace que el resultado resulte en muchas ocasiones algo caótico. Y, por culpa de esta sensación, algunos fragmentos del juego pierden un poco su gracia, al no entenderse los chistes de puro atropello.
Aunque, en general, cuando el verdadero reclamo del juego es atizar a aviones con juguetes sexuales de tamaño desproporcionado o asistir a carreras de hombres semidesnudos llevando carretillas, mientras te tiras en paracaídas con un tanque... ¿Quién necesita entender todos los chistes?

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