Eran las 5 de la mañana. Un hombre de 54 años rompía el cristal de este establecimiento de congelados y se acercaba a la nevera más cercana a la puerta. Allí, junto a la caja, para evitar robos diurnos, siempre está el producto más caro: los solomillos. La alarma le hizo huir precipitadamente con 4 de estos ejemplares.
En la calle se habla especialmente de casos como este o el protagonizado por sindicalistas andaluces en el que se llevaban varios carros de comida de un supermercado sin pagar para donarlos. Desde Cáritas aseguran que estos hechos se están convirtiendo en tónica habitual. El precio de los solomillos sustraídos no alcanzaba los 100 euros.