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DESDE MANHATTAN

Valentía diplomática en Nueva York

El 29 de noviembre de 2006, después de la polémica por los resultados electorales para la presidencia de la República, los diputados mexicanos amanecieron un día más atizándose puñetazos de lo lindo en pleno Congreso de la Unión.

Consejo de Seguridad de la ONU durante su reunión Consejo de Seguridad de la ONU durante su reunión | Foto: antena3.com

José Ängel Abad  |  Madrid  | Actualizado el 23/09/2011 a las 17:25 horas

Así que a primera hora de aquel miércoles cogí desde Nueva York un vuelo de Aeroméxico con el objetivo tan pretencioso como insensato de enviar ese mismo día una crónica a una distancia de los diputados lo suficientemente corta como para sentir su aliento y lo suficientemente larga como para no perder un par de dientes en el intento.

Al poco de aterrizar, tocaba primero mostrar a los militares que cortaban por las calles los accesos a la zona del Congreso unas supuestas cartas credenciales falsas que yo mismo me había hecho en la oficina en Nueva York autorizándome a mí mismo a acceder al interior.

Tengo una larga lista de credenciales de prensa que me he otorgado unilateralmente, empezando en 1991 con una supuesta acreditación de la igualmente supuesta agencia “Apesa” -Abad Pérez S.A., se entiende-, fabricada en una máquina de tarjetas del metro de Madrid y con el añadido en grandes signos tipográficos en plan oficial diciendo “PRENSA” y que hice con el sello que en mi colegio mayor universitario se usaba todas las mañanas para marcar como “prensa colegial” los periódicos de cada día.

Lo de “colegial” lo excluí y así, y con un poco de la impagable suerte del último minuto, conseguí en Split una acreditación de verdad de la ONU -“sí, sí, Apesa es muy importante en España”, les expliqué- con la que moverme por Croacia y, con suerte, por Bosnia como si fuera un periodista de verdad y no un imberbe lleno de miedo intentado averiguar del camino más enrevesado posible si el mundo de la noticia podía ser de verdad el reino de los cielos.

Quince años después, pasado al fin el último control militar y apostado ya frente a la puerta misma del Congreso mexicano, había que colarse en el interior con la combinación adecuada de morro y oportunidad sorteando a los guardias de la garita, que, habituados estos sí a ver periodistas presentarse diariamente al Congreso, no se comerían el cuento de las credenciales falsas.

Pero resultaron razonablemente comprensibles al vernos llegar del brazo de un tipo muy trajeado al que había conocido quince segundos antes y le había preguntado, dando como por hecho que podíamos entrar sin problemas, si nos podía guiar por los pasillos hasta llegar al que consejero de comunicación social, que nos esperaba dentro,  “ah, el señor….”, “sí, sí, ese”.

Añadiendo lo de venir de Nueva York -“aquí está la credencial de la ONU”, que queda muy bien, “y ésta la del Departamento de Estado de EEUU”, que impone mucho, y sonriendo, siendo deferente y metiendo prisa, el truco de siempre, acabamos veinte minutos más tarde frente a los diputados que, efectivamente, seguían practicando intermitentemente boxeo en el hemiciclo.

Aquello era muy triste -los representantes de un país democrático y con tanta historia ofreciendo al mundo un espectáculo deleznable. Lo peor fue cuando una de las dos partes intentó tomar el control total de la zona presidencial.

De los golpes esporádicos se pasó a una batalla total como aquello si fuera la caída del imperio romano y los periodistas, por acompañar, decidimos saltarnos el cordón de seguridad y mezclarnos con ellos en aquel ring de boxeo inmenso, micrófono en mano, para coger mejor los insultos, los gemidos y, llegado el caso, defendernos.

Media hora más tarde, en el Congreso mexicano solo quedaban restos de la batalla: mesas volcadas, sillas desparramadas y un inconfundible aire de desolación y vergüenza. Me puse en el centro, subí lo más alto posible y, casi sin darme cuenta, acabé al lado de la silla presidencial, aún en su sitio. Un par de metros más allá había un sujeto sentado y con los pies encima de la mesa, como sin creerse la maravilla de poder estirarse tan cómodamente en lugar tan insospechado, tan sagrado. Y por un momento estuve tentado de hacer lo mismo. Vaya, la presidencia de México…

Afortunadamente, me entró una sensación de vergüenza ajena inmensa: que alguien tan extraño, tan indocumentado y con tan poco merecimiento pudiera estar físicamente tan cerca de cometer algo tan herético me parecía de pronto un falta de respeto colosal.

Intentando de devolverle toda la dignidad a mi alcance, agarré la silla de la presidencia, la puse lo más derecha que pude frente a su mesa y descendí de la zona presidencial. De camino vi llorar de pena a un diputado -don Gerardo Prieto Tapia.

A veces los países descienden a mínimos de comportamiento difícil de explicar, de tolerar, de mirarse en el espejo. Para ser sinceros, y taparles la boca a quienes siempre la tienen llena, les ocurre a todos los países. A unos antes, a otros después. A algunos, es cierto, con más frecuencia -y México, que tantos momentos brillantes y ejemplarizantes ha tenido en su historia, no está precisamente en ese último grupo.

De hecho, al grupo al que pertenece es, si acaso, al opuesto, al de los valientes. Y aquí es donde volvermos a Manhattan.

Siendo ésta la semana de la Asamblea General de la ONU, las calles están cortadas, miles de vecinos caminan llevando en la mano sus contratos de alquiler para que les dejen volver a casa, por la calle se ven metralletas y, sí, a uno le invitan a cenas de alto copete como la de anteanoche en el Waldorf Astoria con el presidente de México, Felipe Calderón.

A mi izquierda el cónsul de México en Nueva York, a mí derecha un financiero que es el delegado para toda Latinoamérica de una multinacional bien conocida. En el resto de la mesa, otra periodista, ejecutivos serios de alto nivel, tipos de negocios preocupados con los resultados de los fondos de inversión que gestionan en Europa y tramando ocasionalmente cómo desviarlos a negocios de operaciones en países emergentes en el sureste asiático. Y a cuatro metros, hablando de pie, el presidente de México, Felipe Calderón.

Felipe Calderón en WashingtonFelipe Calderón en Washington | Foto: antena3.com

En todos estos años, ya he perdido la cuenta de presidentes extranjeros que vienen a Estados Unidos para visitar la Casa Blanca o la ONU -siempre bajo la mirada del presidente norteamericano. No importa de dónde vengan. Salvo el grupo de los estrafalarios o excéntricos -Ahmadinejad, Chávez, “Bye-bye” Gadafi-, todos intentan rendir mayor o menor razonable pleitesía al anfitrión norteamericano. Unos, es cierto, por educación o prudencia. Son los pocos.

La inmensa mayoría despliegan, sin embargo, un recital de carantoñas -casi nunca correspondidas- por puro peloteo, indecoroso baboseo, intentando presentarse como el más íntimo, el más fiable, el más servil.

Pero de ver en cuando viene un presidente como Calderón, oye. Yo no voy a hablar, no procede, de si Calderón lo está haciendo bien o mal en México -la economía allí crece, la ola de inmigración a Estados Unidos ha bajado pero, a la vez, la inseguridad se ha disparado fruto de esa guerra que Calderón ha entendido que había que declararle al narcotráfico y que a día de hoy nadie sabe si hará que el país al final se convierta en una potencia del siglo XXI o si, por el contrario, acabará de rodillas firmando a escondidas un pacto no reconocido con el diablo de las pistolas.

De lo que sí voy a hablar es de lo que escucho -cuando sé que no es palabrería barata, porque para decirle cosas así al presidente de los Estados Unidos en su casa hay que tener más arrojo que Pancho Villa.

Cansado de que desde Estados Unidos critiquen a México por esto y lo otro y de que lo miren como si fuera el país del hombre de Atapuerca, Calderón se levanta con calma, paso firme, voz serena, pronunciación nítida: todas las armas que se incautan en México tienen su procedencia en los Estados Unidos, donde cualquier hijo de mala madre puede comprarse lo más sofisticado en matar con tal de dar los buenos días en cada una de esos centenares de tiendas de armas que se han reproducido como champiñones en la frontera entre México y Estados Unidos -para ser más precisos, por si hace falta, en el lado norteamericano.

Esas armas se compran para que libren sus batallas -en sangre y en corrupción- las bandas que se reparten el negocio de la droga que se consume en Estados Unidos, no en México. Y también es en Estados Unidos donde luego se lava el dinero. México, básicamente, pone los muertos.

Resumiendo, miren, dice Calderón, que nosotros podemos hacer muchas cosas pero si ustedes siguen vendiendo armas como si fueran golosinas y luego consumiendo drogas como si fueran también golosinas pues qué quieren que les diga.

Podía decir, como Juan de Mairena, que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Pero a veces decir la verdad tiene mérito solo según dónde se diga. Y cuando se viene a Estados Unidos lo fácil es sacar la sonrisa Profidén para ver si Obama o el presidente de turno te regala un chupa-chups y te firma una foto -y se olvida que los amigos están, sí, para tomarse una cerveza pero, de vez en cuando, también mirarse a la cara y decirse, macho, la siguiente la pago yo pero te estás pasando. Aunque sea en Nueva York.

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  • Foto de SARARI

    #10 SARARI  Hola buenos dias, somos un grupo de alumnos del instituto Joaquima de Vedruna que estamos cursando el trabajo de investigación de final de curso. Hemos llamado a la cadena de televisión de Antena 3 y nos han dado su bloc para ver si nos haria el favor de poder contactar con nosotros para poder responder nuestras dudas para poder acabar de realizar el trabajo de investigación . Si nos haria este favor se lo agradeceriamos. Esperamos que nos responda lo antes possible y nos deje un correo o algun medio de comunicación donde poder contactar con usted. Un saludo Los alumnos del instituto Joaquima de vedruna.

    18/05/2012 a las 09:14
  • Foto de Carlosgr

    #9 Carlosgr Nada, imposible, antes salía null y ahora undefined. ¿me habrán dado de baja ?

    06/11/2011 a las 22:02
  • Foto de IdoyaMoon

    #8 IdoyaMoon Vale, no me voy a quejar más sobre esta remodelación de la web ;-p Por lo demás, totalmente de acuerdo con Marita en lo de "una entrada como las de antes", con todas las connotaciones buenas que eso tiene, claro :-)

    13/10/2011 a las 10:32
  • Foto de MaritaSun

    #7 MaritaSun Una entrada como las de antes, incluyendo detalles ...mmmm... ¿se puede escribir "descojonantes" sin que salga "null"? Cruzaré los dedos, a ver si sale. Bss a todos, que estais muy perdidos!!

    05/10/2011 a las 11:53
  • Foto de anónimo

    #6 anónimo Acabo de descubrir este blog y me ha gustado mucho este artículo. Ha sido muy interesante y espero al siguiente. ¡Enhorabuena!

    25/09/2011 a las 21:36
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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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